Alberto Núñez Seoane

Reflexiones

Tierra de nadie

31 de julio 2023 - 02:02

La sensación que tengo es confusa. Dudar es el primer empujón para comenzar a pensar, lo que acostumbro hacer, cada vez con más frecuencia y ardor.

Voy dejando a un lado palabras y manifestaciones externas, las más de las veces incapaces de transmitir la profundidad o intensidad de un sentimiento o una actitud, y aunque lo llegasen a hacer, no alcanzarían la sinceridad, en ocasiones inevitablemente descarnada, que la circunstancia exige; sin embargo, con el pensar si podemos hacerlo.

Me siento confundido porque no acabo de despejar una de las dudas que me ocupan; evidente consecuencia, lo primero, de la segunda. Iré despejando incógnitas, estoy seguro de ello, que me ayudarán a tomar decisiones para modelar mi actitud perceptible, o sea: el comportamiento que los que me rodeen apreciarán, o, por qué no, despreciarán.

Haré lo que en mi mano esté para salir, lo antes posible, de este atolladero mental que me dificulta la dedicación a cualquier otro de los muchos menesteres que por delante tengo. El tiempo, siempre escaso, me pasaría por alto si así no lo hiciese. Cuándo lo consiga, y mi conciencia quede, a este respecto, tranquila en suficiente medida, pediré a la “presidencia” -mi consciencia- que autorice el cambio de tercio para caminar mis inquietudes por veredas muy alejadas de lo político y su bastarda: la política.

Una de las causas del embrollo en el que me enzarzo, es la dificultad que tengo parar dar con la razón por la que tal cantidad de personas decidieron su voto en el sentido en el que lo hicieron en las pasadas Elecciones Generales del 23 de Julio.

Soy consciente de la desoladora ignorancia entre la que vivimos; de la galopante incultura que nos asfixia, también; me doy cuenta, con absoluto espanto, de cómo lo mediocre se ha impuesto, por escandalosa goleada, a lo sobresaliente, destacado y excelente; sé de la ingente cantidad de mezquinos, que ya no se esconden tras los rincones, si no que alardean de sus bajezas con irrefrenable “orgullo”; conozco, aunque nunca lo suficiente, las miserias que adornan la soberbia de los vanidosos: se cuentan por incontables enjambres; me hago una idea – sólo ligera, porque no quiero profundizar ahora en este tenebroso contenido- del odio de los que odian -excusen la redundancia, es conveniente por significativa-, conservado, con mucho esmero, “al vacío”, en lugar fresco y seco, no fuera a debilitarse o perder todo el letal veneno que lo alimenta para echar mano de él cuándo menos falta haga, que es siempre; estoy al corriente, no sé si, visto lo visto, todo lo que debiera estar, de lo ilimitado de las estupidez humana; pero de lo que, habida cuenta de lo acontecido, ni soy consciente ni me he dado cuenta ni sé ni conozco ni me hago una idea exacta ni estoy al corriente tampoco, es de la espeluznante falta de coherencia de las gentes.

A pesar de los desmanes, canalladas, desafueros, tropelías, mentiras, trampas, falsedades, delitos y traiciones cometidos; a pesar de todo eso, millones de almas han “apostado” por el responsable de que todas esas miserias hayan sido.

No se trata de izquierdas -que, por cierto, no lo son- o de derechas; es cuestión de que, si alguien miente, pacta con terroristas, perdona a golpistas, permite que mueran personas que no tenían por qué haber muerto, indulta a delincuentes, perdona la corrupción, incumple La Constitución, abusa de su posición, reprime la legítima disidencia, pone en libertad a violadores y pederastas, consiente la ocupación de la propiedad privada, ahoga a impuestos, pone fuera de alcance de los más humildes recursos básicos como la luz, el gas, la gasolina y hasta a la cesta de la compra; ese alguien obtenga el apoyo de tantos. Igual da, repito, la ideología de quien lo haga, quien lo hace no puede, en buena lógica, sensatez y coherencia, volver a tener ocasión de repetir sus “hazañas”.

Contemplo el hecho de que en su primer mandato, cuándo dijo que no haría nada de lo que luego hizo e hizo casi todo lo que prometió no iba a hacer, pudo engañar a muchos, que le dieron su confianza, es cierto; pero … ¿y ahora?, ¡ahora, no! Todos saben, sabemos, lo que dijo y todos hemos visto y comprobado lo que ha hecho, ya nadie puede llamarse a engaño.

Todos los que han entregado los próximos cuatro años de sus vidas al responsable de haber destrozado los cuatro anteriores: bien, son como él, es decir: están de acuerdo con las decisiones y actuaciones de este esperpéntico personaje; bien, lo han hecho para que no gobiernen “los otros”, léase: “para que se fastidie mi capitán, no me como el rancho”. Cualquiera de las dos opciones, creo que no se pueden contemplar otras, son: desastrosa la una, pues vendría a confirmar que son muchos, ¡millones!, los que piensan y lo harían del mismo modo en el que el sátrapa hipócrita, y traidor, lo ha hecho, lo que, sin temor a errar ni pecar de obtuso, me permitiría tenerlos en la misma consideración que a él tengo y esperar de ellos lo que de él esperar puedo … -ardua y tortuosa cuestión, a debatir en otra ocasión-; desoladora la otra, si esta fuese la razón de la sorpresiva decisión de muy numerosos electores, podría llegar a la patente conclusión, simple y llanamente, por no extenderme más, no dar mayores explicaciones, no entrar en complejas disquisiciones, no rizar el rizo, abundar en lo evidente ni redundar en lo obvio: que lo bueno del estómago es que avisa cuándo está vacío, no como el cerebro de tantos ellos.

Escribía, hace pocos días, el maestro Arturo Pérez-Reverte a raíz de los resultados de la pasada consulta electoral: “Cómo español ya sólo tengo fe en el jamón ibérico, en Miguel de Cervantes y en la Guardia Civil”; lo suscribo y, con humildad, añado: “una copa de buen vino español y el rock and roll”. Por lo demás, decirles que a estas harturas de necedades con las que he tenido que bregar, intento no discutir: te doy la razón -aunque esté convencido de que no la tienes-, tú te sientes bien, observo lo patético que eres, y aquí paz y después gloria Me siento con una copa de vino bueno en una mano, un bocadillo de jamón ibérico en la otra, la vista atenta a una de las aventuras de D. Quijote y Sancho, mientras escucho, por ejemplo, “Cuerdas de acero” de Barón Rojo, e invoco la protección de la “Benetérita” -con todo respeto y cariño sea escrito-, que diría el simpar “Chiquito”, a quien Dios tenga en su gloria.

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