Tierra de nadie

Alberto Núñez Seoane

Remate final: saldos, gangas, ¡Todo barato!

Leía, hace unos días, un artículo sobre el cambio de era. Al parecer, un grupo de científicos llevan años estudiando, en un lago de Canadá, los parámetros que certificarían que estamos, o hemos estado ya, experimentando un cambio de era geológica; la nueva se llamará “Antropoceno”, y se distingue por el papel irreversible de la humanidad en los cambios ocurridos en el planeta.

Sí, todo cambia. Es notoria la influencia del Hombre en el desarrollo del mundo sobre el que ponemos los pies. No obstante, hay aspectos, importantes para nuestras vidas, en los que parece nos hemos estancado, al menos no hemos evolucionado, para mejor, lo que la sensatez y la lógica hubiesen demandado. Uno de ellos es la política.

Desde que se formaron los primeros grupos humanos, uniendo familias, para mejor afrontar los desafíos de la naturaleza, defenderse de los peligros y avanzar a un mayor ritmo, hemos tenido tiempo, más que suficiente, parar haber estado hoy mucho mejor de lo que nos encontramos. Me resulta difícil encontrar la razón para justificarlo, a no ser, claro, que responsabilice de ello a la estupidez sin límites que, de modo mayoritario, nos caracteriza. Puede que así sea, pero de ser así, lo que vendríamos en certificar sería que esta, la estupidez, venció a la inteligencia en la batalla por el progreso necesario para alcanzar la prosperidad y el bienestar generalizado. Supondría, a más de un fracaso estrepitoso, un hecho triste y penoso.

Los grandes fiascos que, como comunidad, hemos cometido, deberían habernos ilustrado para, si no evitar repetirlos de modo definitivo -imposible, por perfecto-, cuando menos reducir el número de errores, descalabros y naufragios que, cual si descerebrados fuésemos, continuamos protagonizando.

Las imprecisiones y los defectos, las imperfecciones y las carencias, los vicios y las deficiencias del menos malo de los sistemas que para gobernarnos tenemos: la democracia; podían y debían haberse ido subsanando, enmendando, evitando y sustituyendo; pero parece que no sólo no ha ocurrido de este modo, es que nos empeñamos en preservar lo que de superfluo y perjudicial tiene, aun siendo conscientes de que nuestro día a día, en más o en menos, estará en función de lo que hagan quienes nos administran.

En seis días concluirá un ciclo político en España, un período marcado por un proceso electoral atípico -surgido a raíz de una moción de censura superada “contra natura”-; condicionado por la pandemia que nos vapuleó y que, de modo pésimo -delictivo diría-, se “gestionó”; desangrado por un incremento brutal e insoportable del coste básico de la vida: suministros, energía, comunicaciones, gasolina y, lo peor: hasta el pan nuestro de cada día; asfixiado por un espeluznante derrumbe de la economía -cuyo precio estamos por pagar durante muchos años-; enloquecido por el regreso del odio y la vuelta del rencor; ultrajado por el desencuentro con la Ley, la prostitución de La Constitución, el desmembramiento de la nación y el desprecio a la lengua que nos une; ¿sigo?, de acuerdo, sigo: injuriado por el blanqueo de terroristas, la corrupción galopante y el derroche de los recursos públicos; humillado por la política excluyente contra cualquier disidencia, la mordaza de la libertad de expresión y la discriminación de legítimas tradiciones, buenas costumbres, valores elementales y principios básicos también; ¿sigo?, de acuerdo, sigo: abochornado e insultado por la insoportable deficiencia en la educación, el recorte de las pensiones ganadas a pulso durante toda una vida de trabajo, el abandono de los mayores y el menoscabo indecente de la sanidad; esquilmado por impuestos confiscatorios, avergonzado por un prohibicionismo patológico y apocalíptico; allanado por ocupaciones ilegítimas, ilegales e inaceptables; prostituido por continuas vejaciones, traiciones a la Historia, injurias a la Bandera, al Himno Nacional y al Jefe del Estado también; embrutecido por los ataques a la libertad religiosa, la familia tradicional, las raíces de las que venimos y el insulto permanente a todo lo que “huela” a España. Una auténtica “alegría”.

Los máximos responsables de esta interminable lista de desafueros, incongruencias, desacatos y calamidades, son quienes poder han tenido: a más poder, mayor culpa. Han sido los máximos responsables, y deberían pagar por ello, de manera estrepitosa, en las urnas; pero no son los únicos culpables. Todos los que callaron, miraron para otro lado, disimularon, o no hicieron lo que en sus manos estuviese para detener o, al menos, amortiguar las desdichas y adversidades evitables -fueron muchas las que no teníamos por qué haber padecido-, todos esos, además de responsables, mezquinos y cobardes.

Ahora, que las elecciones llegan, todo venden los que nos llevaron a un desastre eludible, rebajas, saldos, gangas … , lo que haga falta para hacer olvidar, volver a tergiversar, reiterar promesas de humo, culpar al vecino, repetir el engaño, eludir culpas, inventar futuros, o absolver pasados.

La memoria de las gentes suele ser conforme a la conveniencia de los que la invocan. La decisión de las masas no se corresponde con la suma de las de los individuos que las forman. Es necesario que sea la persona quien asuma y ejerza la responsabilidad que le compete, para evitar que su libertad inteligente la engulla una mayoría estúpida.

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