HE visto muchos retratos arrumbados por casas de antigüedades y mercadillos. Retratos que muy posiblemente un día presidieron salones y daban postín a los señores de la casa. Retratos de pintores que tenían su oficio y se ganaban la vida gracias a esa vanidad chica de quien quiere ilusamente perpetuarse. Retratos de niños muertos, de señores uniformados, de damas encopetadas, unos junto a otros, sin distinciones sociales, unidos por el olvido y el desdén de sus propias familias. Todos mirándote como perros abandonados desde detrás de un sofá de rejilla o apilados junto a un sillón desfondado.

Bueno, también he visto quien se ha llevado a su casa uno de estos retratos para dar lustre a su pasado. Una adopción en toda regla de un pariente postizo de mirada romántica y porte misterioso.

El interés por retratarse me ha llamado siempre la atención. Sobre todo porque después de ver al Fernando VII de Goya una le coge miedo a los pintores y a los retratos. Si se sale de los museos y se entra en organismos e instituciones, del miedo se pasa a la pena. Todos acartonados, chiquitos, con sus trajes de chaqueta y sus miradas fijas, recordando que el tiempo pasa y nos vuelve ridículos.

Hace poco estuve en el estudio de un pintor al que admiro mucho y que es muy buen retratista. Su mejor obra es de un tipo muy feo al que ha definido en dos trazos gruesos. Parte de la reunión planteó que me pintase. Le expuse todas mis reservas. Le dije que era el pintor el que debía decidir a quién pintar y no al revés, que para pintarme debía conocerme y quererme y casi borrarme. Entretanto no podía dejar de mirar a su niño desnudo que desde un lienzo retrataba la ternura misma.

Pensé que si me pintaran algún día, me gustaría ser esa mujer, no importa quién, de aquel cuadro de Sorolla, que está recostada con los ojos cerrados y un libro en su regazo. En verdad es el retrato de un momento de felicidad.

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