Con la vuelta a la cotidianidad, regresamos en algún caso al punto de partida anterior a las fiestas, lo que en Andalucía se concreta con la formación del gobierno que debe salir de las últimas elecciones. De nuevo, estamos ante un escenario en el que se suceden las declaraciones, y más cuando los grupos que aspiran a gobernar tienen que negociar hasta donde no pensaban. Entre las muchas -demasiadas- palabras que se emiten en esas declaraciones, pillo una al vuelo: retroceso. Por lo visto, hay que recuperar a nuestra tierra del «retroceso» que ha sufrido en las últimas décadas. Y ahí me rebelo. En primer lugar, porque me gusta que las palabras se empleen con la carga semántica que soportan, y no como a cada cual le parezca; y en segundo, porque tengo memoria y, también, una cierta edad para tenerla. No, esta tierra no ha retrocedido en todos estos años. Por el contrario, pienso que, aún con todas sus deficiencias, podemos sentirnos orgullosos de los avances que hemos experimentado. Y digo esto como ciudadano de a pie, porque estoy convencido de que, con independencia de la acción política, el progreso pertenece a la ciudadanía, a la colectividad, que es quien lo impulsa y, lo más importante, quien lo debe defender. No vamos a caer, sin embargo, en la candidez de creer que lo adquirido es para siempre o está garantizado. Los todavía recientes recortes son buena muestra de cuánto se puede perder sin un adecuado control y la debida alerta ciudadana. La misma que posiblemente necesitemos en momentos en los que se ponen en duda consensos y logros que no debieran cuestionarse: desde la igualdad recogida por ley, al derecho a un autogobierno que se ganó en la calle. Perderlos supondría una auténtica regresión, término que empleo con su exacto significado de vuelta a atrás y retroceso a no sé sabe qué oscuros años. Las sociedades deben marchar hacia adelante, pese a los baches, nunca hacia atrás. Atentos, pues.

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