GABRIEL Rufián, como buen independentista, es hijo y nieto de andaluces. De jienenses de Alcaudete, como mi abuelo, lo que me inquieta. Un vivo ejemplo de lo que, despectivamente, llaman los catalanes, un charnego. Habla como los judíos conversos que se ven obligados a sobreactuar, frente a los 'catalanes viejos', para no ser calificados de marranos. Al converso se le llamaba marrano, no por parecido alguno con tan suculento animal, sino por lo errado de practicar ocultamente su antigua religión. De Rufián, la única practica marrana que se le conoce es su afición al Español.Como diputado es, paradójicamente, padre de la patria española y soporta, estoicamente, los sarcasmos que diestro y siniestro dedican a su apellido que, por manidos, no reitero. Nunca que gustaron, por razones 'simpáticas', los chistes fáciles sobre apellidos que, en todo caso, nos vienen impuestos. Para quien no lo supiera rufián, entre otras lindezas, significa proxeneta.

De este personaje lo importante no es el apellido. Lo verdaderamente llamativo es la capacidad que tiene de ser un impertinente para lo español. Un auténtico tocapelotas. Un sabiondo instalado en la provocación. Y lo hace bien. No lo menosprecio porque se llame Rufián, eso es mera anécdota. Lo desprecio porque consigue enfrentarme a Cataluña y eso forma parte de su plan, no del mío.

Converso es también el que cambia de ideología. Hoy en España hay quien ha cambiado de ideología poniendo en riesgo, manifiestamente, el pacto constitucional de 1978. Un pacto, que por sí mismo no es inamovible, pero que fue alcanzado por la mayoría de los que formaban y quieren seguir formando parte de España. Sin embargo, el pacto actual se está cerrando con los que niegan un proyecto común llamado España. ¿Quién es más marrano?

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