Su propio afán

Salto de régimen

Lo malo de vivir atiborrados de cosas y de sensaciones es que no inutiliza para el placer

El otro día comentaba la cuestión coyuntural que dificulta la celebración tradicional de Tosantos frente al Jalogüín. Para los niños de ahora (y para nosotros cuando éramos niños, que la cosa viene de lejos), los frutos secos han dejado de ser golosinas, como lo fueron para don Luis de Góngora, y los huesos de santos resultan muy duros de roer. No por los santos, sino por los huesos, que tienen poco que hacer frente a las orondas chucherías de colorines psicodélicos. Por supuesto, soy partidario de la contrarreforma y de contraatacar buscando una manera más atractiva de celebrar lo nuestro que es (por los santos) lo mejor.

Pero por ahora el hartazgo nos mata el entusiasmo. No pasa sólo con las nueces y las castañas. Si nos compramos rápidamente todo lo que nos hace ilusión, ¿qué pasa con los regalos de cumpleaños o la noche de Reyes? La ilusión se alimenta de un hambre de realidad.

Metafísico estoy y, como no como, lo veo claro. Me he puesto a régimen porque al fin he entendido que estar gordo tampoco me va a servir para escribir como Chesterton, sino sólo a citarlo más (como excusa). Y aunque el resultado en kilogramos se resiste, en la dimensión epicúrea está siendo un descubrimiento. ¡Qué bueno está todo! ¡Qué bien cocina hasta el Tato! ¡Um, las castañas! ¡Diez huesos de santo ya me tomaba…!

Lo mejor es el nuevo valor que he descubierto a brindar con un amigo. Salvo el vino (que no engorda y, si engorda, no importa, porque es sagrado, como el pan), he dejado de beber. Un trago implica ganar ipso facto esos gramos que tanto me costaron soltar.

Esto ha hecho más interesante ese trago. Ha dejado de ser un gesto intrascendente, así por matar el tiempo o porque toca después del postre. Qué va. Ahora, cuando lo pido, sé que meto la marcha atrás en una semana o más de dieta. El único salto que engorda es el de régimen.

Todo lo cual redunda en el placer de la copa compartida. Hay un sacrificio implícito -que el amigo no sospecha, pero se merece-. Por él, chin, chin, no importa la pena que te traerá el heraldo negro de la dichosa báscula.

Copas aparte, la moraleja: no dejemos que el consumismo y la intrascendencia nos dejen sin la trascendencia del consumo, como comiéndose (o bebiéndose) a sí mismos. Descubramos epicúreamente el intenso placer de la moderación y la sobriedad; para, chin, chin, descubrir, de la mano, la otra cara de la misma moneda: el lujo de la fiesta.

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