Postrimerías

Siempre joven

Los ensayos de Stevenson están atravesados poruna fe vitalista felizmente contagiosa

Con razón asociamos a Stevenson a los maravillosos relatos en los que supo trasladar como muy pocos narradores el puro placer de la aventura, pero sin olvidar sus poemas, muchos de ellos memorables, el escocés tiene además una importante y no menos seductora obra ensayística en la que dejó constancia de sus viajes, impresiones o devociones literarias, atravesados por una fe vitalista felizmente contagiosa. En sus escritos más personales, Stevenson abordó los recuerdos asociados a un itinerario demasiado breve, pero fecundo y luminoso -adjetivo que le cuadra como un guante- también en el terreno de la prosa de ideas. Ya Chesterton, que lo reivindicó antes que nadie, señaló la combinación de vigor y levedad que distinguía a su predecesor y maestro, cuyas cualidades liberadoras -con razón habla de la eterna juventud de un "espíritu matinal", emancipado de las "ensoñaciones crepusculares"- permitían escapar de las cárceles del puritanismo y el pesimismo, los dos males que oprimían -¿como hoy?- a los espíritus del fin de siglo. Del mismo modo que su admirado Shelley, pero sin la grandilocuencia del romántico que también era, Stevenson poseía una mezcla de ingenuidad y nobleza que permite celebrar los caracteres de ambos más allá de sus logros estéticos. El territorio de la infancia, la pasión amorosa, el gozo de la conversación o el modo de afrontar la última vuelta del camino: hable de lo que hable, Stevenson derrocha lucidez, buen humor e inteligencia, conmovido cuando describe a sus parientes los ingenieros constructores de faros o irónico cuando recrea sus erráticos días de estudiante. Tanto en sus ensayos de costumbres como en las evocaciones o semblanzas, el ensayista acompaña sus palabras de referencias históricas o literarias, pero nunca pierde el don para contar una buena historia ni esa característica ligereza que resume buena parte de su encanto. Su moralismo risueño, jubiloso, compasivo, no condesciende al sermón o mejor dicho lo hace -él mismo cuenta que heredó su gusto por el género de un abuelo que ejercía como "pastor de hombres"- en un tono de charla amigable, buscando la complicidad del lector al que se dirige como tomándolo del hombro. De probada eficacia, su discurso parece concebido para eliminar cualquier rastro de melancolía, un asedio que el propio Stevenson, enfermo desde niño, padeció por temporadas. "Creer en la inmortalidad es una cosa, pero lo fundamental es creer en la vida", escribió hacia el final de sus días. Antes había sostenido que "no hay ninguna obligación a la que demos menos importancia que la obligación de ser feliz". La suya fue, con toda propiedad, una ética de la alegría.

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