El mundo depende mucho de las ganas que tenga la gente de sentarse, porque de ellos se deriva que los demás puedan estar sentados adecuadamente. Igual que puede ser importante la capacidad de asesoramiento que tengan quienes dicen saber de los temas. Nos estamos quedando sin asientos y sin plazas de asesores debido al excesivo aporte de candidatos sin ton ni son. Por eso, es significativo el hecho de que aun falten muchas sillas y sillones en las aulas de nuestros colegios, falten puertas y sobren barracones tercermundistas, ratios exageradas, sustituciones demoradas y todo lo que se piense que se sale del sentido común educativo. Faltan sillones y camas en la sanidad pública y privada, y faltan profesionales y recursos en algo tan fundamental como es la salud de las personas antes que mueran por culpa de la listerioris. Las salas de espera están repletas de sillas super demandadas y las pocas sillas cómodas que hay en las iglesias, en los tanatorios, en las oficinas del Inem, en las consultas psiquiátricas o en los autobuses tienen dueño perpetuo. Faltan sillones adaptados a los nuevos tiempos y a los valores de siempre en las facultades. Por no hablar, de los asientos de la plaza de toros, de los Chapín o la Juventud, potros de tortura para las espaldas. Estamos acostumbrados a anhelar el descanso de las lumbares cuando estamos en la cola del paro o en el comedor del Salvador, pero no somos conscientes de lo mucho que tenemos que agradecer a los que ya tienen la poltrona asegurada como filosofía de vida o un puesto de asesor político sacado de la chistera. El trabajo que nos quitan no está reconocido. Nuestra tranquilidad no tiene precio. La poltrona y la asesoría a dedo no es más que una nueva forma de asegurar las posaderas para evitar la bipedestación honesta. Hasta en los juzgados de guardia faltan sillas y puestos de asesor.

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