Tierra de nadie

Alberto Núñez Seoane

Sinsentido común

Dice la sabiduría popular, y estoy de acuerdo, que “el sentido común es el menos común de los sentidos”. Puedo entonces colegir, que el “sinsentido común” es el más común de los “sentidos”, aunque sea en referencia a la ausencia del que debería abundar, pero no lo hace. En efecto, la contradicción reiterada hasta la saciedad, la falta de consecuencia entre lo que debiera y lo que es, o el absurdo hasta extremos que alcanzan el ridículo, son el pan nuestro de cada día. La preponderancia de tanta torpeza deja fuera de nuestras vidas, casi como si de un raro objeto de museo se tratase, el ejercicio de la lógica, de lo razonable, de lo consecuente y coherente.

Sin entrar, ahora, en el “cómo” ni en el “porqué” de la aparición del virus que nos lleva, compruebo, una vez más, cómo la manifiesta ausencia de sentido común se ha enseñoreado del manejo de una situación tan tremenda, haciendo valer la preponderancia de ese “sinsentido común” en quien, se supone, debiera responsabilizarse y encargarse de buscar y hallar soluciones consistentes y eficaces.La inacción permitió la propagación descontrolada del virus. El retraso en la toma de medidas eficientes provocó la muerte de millones de personas y la aparición de nuevas ‘cepas’, o variantes, que, aunque no nos lo digan con claridad, disminuyen la eficacia de las vacunas. La necesidad, ‘su’ necesidad, por evitar un cataclismo de imponderables consecuencias, forzó a producir vacunas de modo poco ortodoxo, sin muchas de las garantías sanitarias exigibles y de dudosa, diría que desconocida, eficacia a medio y largo plazo.

El virus corrió de China a Italia, de allí a España… Su expansión por todo el planeta fue cuestión de pocas semanas. Los países seguían abiertos, barcos, trenes, coches y aviones continuaban transportando gentes de un lugar a otro, y, con muchos de ellos, la muerte. Tuvo que pasar demasiado tiempo para que comenzasen a exigirse pruebas suficientes para poder entrar o salir de un lugar a otro con relativa seguridad. Mientras, ‘ellos’ discutían, lo siguen haciendo, aunque las personas continúen muriendo, muchas de ellas, sin tener porqué.

No había respiradores para que las personas no muriesen asfixiadas; no había trajes de protección para los sanitarios, tenían que usar bolsas de basura, ¿no lo recuerdan?; no había guantes ni mascarillas, ni para el personal de clínicas y hospitales, ni para los más ancianos y los que cuidan de ellos, ni para militares, policías o bomberos, ni para nosotros, el resto de los ciudadanos: ‘ellos’, no cesaban de ‘ocuparse’ del problema, discutiendo…

No hubo tiempo para probar, con eficacia, ninguna de las vacunas que están en el mercado; pero eso, a “ellos”, no les importa demasiado. Se trataba de salvar sus lindos y mullidos traseros ante una opinión pública cada vez más furiosa y una población cada día más desesperada. Si por cada millón de personas mueren el 0,007 % de las que se hayan inyectado una determinada vacuna, o si lo hacen el 0,0007%, parece que no fuese ‘relevante’… para ‘ellos’; jamás lo reconocerán, claro, pero así es. Ese cero de menos entre el 0,0007% y el 0,007% supone, por cada millón de personas, la diferencia que va de 7 a 70: 63 vidas, pero… ‘Ellos’, siguen discutiendo. La tercera fase del ensayo clínico imprescindible para sacar, con garantías suficientes, cualquier vacuna al mercado, no fue un ensayo clínico, lo están haciendo con todos nosotros. Mientras, ‘ellos’, continúan centrados en la discusión.

Verán, es como si en plena tempestad, el capitán del navío, en lugar de ordenar desde el puente de mando: ¡arríen la mayor, icen el tormentín!, haciéndose cargo del control del barco para tratar de evitar el naufragio, se encerrase en su camarote con el resto de oficiales y suboficiales para discutir quién toma el mando del bajel… Lo más probable es que cuando salgan a cubierta, después de haberse ‘ocupado’ de resolver la situación, el palo mayor y el resto de los mástiles se hayan quebrado, las velas se hayan rajado y la proa del buque enfile el abismo que se oculta en las profundidades de la mar.

Es el imperio del sinsentido: la falta de sensatez, la ausencia de razonamiento cabal, la lógica abandonada en el más absoluto de los vacíos, la carencia absoluta de un atisbo siquiera de sentido común. Abandonos que nos matan.

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