EL Ayuntamiento de Jerez constituye mañana una mesa de coordinación para acoger a refugiados, siguiendo las directrices del Ministerio de Asuntos Exteriores, que es la administración competente en esta materia porque no hay que olvidar que estamos ante un asunto de Estado. Jerez es una ciudad solidaria que ha dado siempre muestras de su generosidad hacia colectivos de inmigrantes que, por diferentes razones, llegan hasta nuestro país. Una ciudad que históricamente ha dado ejemplo de integración racial, de tolerancia, de mestizaje. Quienes quisieron ver este año un atisbo de lo contrario con el supuesto ataque yihadista a una iglesia, se llevaron un chasco. Eso no cuadraba, ni cuadra, en Jerez. Y se acabó comprobando que fue la obra de una persona, de aquí, que no estaba no muy encajada.

Organizaciones como Ceain o Accem realizan una importante labor, callada, silenciosa, al margen de los acontecimientos dramáticos que a menudo saltan a las portadas de los periódicos o cabeceras de telediarios. La crisis humanitaria que ahora vive Europa es un fenómeno global ante el que la realidad local no puede permanecer impasible. No hablamos de la llegada de miles de personas que buscan trabajo, sino de algo tan simple como salvar la propia vida. El refugiado de guerra responde a las razones más básicas. Los españoles lo fuimos durante la Guerra Civil. De no ser por la acogida o el asilo de otros países, miles de personas habrían muerto en aquellos años terribles. Ahora nos toca a nosotros dar ejemplo.

Aceptarlo o no es complicado, es humano. Sobre todo cuando existen cientos de miles de personas que, según los datos de organizaciones tan serias, comprometidas, útiles y necesarias como Cáritas, están bajo el umbral de pobreza en nuestro país. Que haya decenas de colectivos que no quieran que el Banco de Alimentos se vaya de Jerez (son ganas de fastidiar algo necesario y que funciona bien) demuestra que hay ganas de ayudar a los que menos tienen. Pero el nuevo examen al que este tiempo somete a la sociedad europea, es decir, a todos nosotros, va más allá de la simple generosidad a la que estábamos acostumbrados. El asilo a un refugiado de guerra es una prueba de humanidad. El coste que ello ha de suponer, tanto económico como social, estará siempre por debajo del coste humano que tendría ser una nación que rechaza a quienes huyen de una muerte segura piden auxilio. Es un deber como personas. Y tendría que hacer falta ver la foto del cadáver de un niño muerto en la orilla de una playa para entender esto.

Las necesidades básicas que todavía existen hoy en nuestras sociedades -argumento que se emplea entre quienes no ven con buenos ojos esa acogida- están a la orden del día. Pero seguimos a años luz de quienes se quedan en una frágil balsa. En la solidaridad no debe haber fronteras, es cierto. Madre Coraje realiza una tarea impagable desde Jerez hasta Perú y a pesar de las necesidades que existen en la ciudad ha crecido en todos los sentidos, dando ejemplo de que todo es compatible, ayudar a los de aquí y a los de allí. La palabra solidaridad, hay que insistir, no tiene más que una acepción.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios