Tierra de nadie

Alberto Núñez Seoane

El cáncer rojo II

NUNCA llegó a ser lo que debió ser. De haber ocurrido los hechos de otro modo, la Historia se hubiese escrito en otra lengua, una en la que el rojo, de sangre, no habría estado incluido en la paleta de colores; una, en la que la lucha, auténtica, por la verdadera y única libertad, habría sido el estandarte de las almas libres, la razón de un combate, entonces sí, legítimo. Pero no sucedieron así las cosas…

La infamia que nos hunde tiene un denominador común: la naturaleza humana, determinadas facetas de ella, para ser más concreto.

La debilidad de nuestro espíritu, cuando de recomponer vergüenzas, enderezar errores y luchar contra nuestras flaquezas se trata, es demasiada, en un gran número de ocasiones, para que pueda ser contrarrestada, o superada, por la voluntad de sernos leales a nosotros mismos, de ser como de veras queremos ser. Nos fallamos, traicionamos lo que da valor a lo que seríamos si fuésemos como debiéramos ser, faltamos a nuestra obligación moral de tratar, por encima de cualquier otro afán, de sernos fieles.

Son los hechos, siempre, los que hablan de nosotros, lo seguirán haciendo cuándo ya no estemos. Igual da lo hábiles que podamos llegar a ser en el uso de la palabra, la facilidad de convicción que poseamos o la capacidad de seducción de la que hagamos gala, todo esto no perdurará mucho más de lo que tarda la marea en volver a cubrir la arena y borrar cualquier huella que allí hubiese quedado; al fin, será por lo que hagamos o dejemos de hacer por lo que seremos juzgados, recordados u olvidados.

El comunismo ha sido un enorme fracaso allá dónde se ha implantado; siempre, antes o más tarde, por la fuerza. Sigue siendo el mismo fiasco hoy en día y veo muy difícil que pudiese dejar de serlo en un lejano futuro. La causa de que esto suceda así no está en la propia doctrina si no en los que, por una de las dos únicas razones por las que lo hacen, intentan implantarlo.

El primero de los motivos que empujan a una comunidad, más o menos amplia, de personas a buscar en los textos de 'El manifiesto comunista' escrito por Marx y Engels a mediados del siglo XIX, el modo de recuperar la vida y la esperanza perdidas, acontece cuando la injusticia es flagrante, impune y cotidiana y, a pesar de ello, soportada por una mayoría aborregada y cobarde; cuándo las desigualdades, por sangrantes, se instalan en la pura obscenidad; cuándo no hay modo honesto ni forma honrada de alcanzar a ver la luz, aunque fuese minúscula y débil, al final de un túnel, a pesar de que este fuera muy oscuro y también muy largo. Están, entonces, todas las puertas cerradas, la esperanza proscrita y la ilusión ajusticiada. No hay alternativa para quien no acepte resignarse a tanta desdicha y desventura: hay que acabar con los responsables, activos y pasivos, de toda esa miseria.

Y, si el culpable es un sistema degradado e injusto, basado en un capitalismo feroz, despiadado y excluyente, que no contempla ayudas para los desfavorecidos ni compensación para los desempleados ni pensiones para los jubilados ni sanidad para los enfermos desvalidos; si es un sistema que consiente, e incluso alienta, unas desigualdades monstruosas, que permiten a la hambruna cohabitar con la opulencia y al derroche con la carencia de las más esenciales necesidades; entonces es ese sistema al que hay que atacar, inmovilizar y derrocar, para eliminarlo, enterrarlo y sustituirlo por otro que garantice lo que el primero negaba. Nada, por supuesto, que objetar a esto. Sin embargo, veremos por qué la justa reivindicación que pone en marcha la rebelión contra un estado de cosas insoportable, acabará por deslegitimare, y lo hará por la misma causa -el populismo falsario- que nace ilegítimo el segundo de los motivos que a continuación expongo.

Entre estos 'náufragos libertarios', voy a llamarlos así, que comenzaron como regímenes comunistas pero han terminado siendo lo único que, al parecer, son capaces de ser: dictaduras, están Cuba, Nicaragua o Vietnam. 'Hablaremos' sobre esto

El segundo de los motivos que llevan a una colectividad a proclamarse comunista, en este caso sin serlo, e intentar imponer su pretendida ideología al resto de la sociedad a la que pertenecen, responde, simple y llanamente, y aunque en un principio no lo pudiese parecer, a una mera logística para alcanzar el poder.

Costó muchos siglos y mucha sangre, establecer la democracia. Aquella feliz idea de gobierno que instauraron en Atenas, de la que tenemos primeras noticias en el siglo VI a. C. a través del historiador Heródoto. Cuando la forma de gobierno que daba el poder al pueblo -es lo que significa la palabra griega 'democracia'- se estableció y generalizó entre la mayoría de los países occidentales, ya en la Edad Contemporánea, los caminos que conducían al poder cambiaron. Ahora se trataba de conseguir la confianza del número suficiente de personas para garantizar la presencia en los más altos cargos de las administraciones públicas.

Hay quien, de modo honesto, plantea sus ideas, esperando que sean aceptadas por una mayoría suficiente, para poder ponerlas en práctica y contribuir al bienestar de la comunidad e incrementar sus expectativas de progreso; y hay quien, sin el menor escrúpulo, dice lo que tenga que decir, crea en ello o no, para convencer a cuantos más mejor, prometiendo lo que sabe que no puede cumplir, con el objetivo exclusivo de alcanzar el poder y tratar luego de mantenerse en él sirviéndose de las herramientas, legítimas o no, que le sean necesarias: el fin justifica los medios. Pero no está entre sus preocupaciones el buen fin común, porque siempre se trata de 'sus' propios fines: colmar ambiciones, satisfacer vanidades… pero también esconder torpezas, acallar frustraciones y encubrir flaquezas. Es este el caso de algunas de las dictaduras comunistas, valga la redundancia, que sobreviven en la actualidad: China, Venezuela, Corea del Norte… Volveremos también sobre esto.

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