Tierra de Nadie

Alberto Núñez Seoane

Más o menos...

El problema es que, en términos filosóficos, no se puede ser 'más o menos' libre: se es libre o no se es. No estar encerrado en una mazmorra no quiere decir, de modo necesario, que seamos libres: no estamos enjaulados, pero esto no es suficiente para poder decir que somos libres. La libertad es mucho más de lo que quieren hacernos ver que es; y, si hay un requisito del todo imprescindible para poder ser libre es este: hay que empezar por sentirse libre. Luego viene el resto.

Pocas veces hemos sido menos libres de lo que lo somos ahora. 'Libertad', es lo que nos prometen, 'libertad', por lo que se supone, van a luchar; 'libertad', en fin, el motor de ese 'cambio' que abanderan todos y no cumple ninguno. No les interesa.

Es cierto que tenemos que hacer una elección, desde nuestra libertad -ahora sin comillas-. La vida en absoluta soledad, aislados por completo de cualquier convivencia con otros humanos, nos concedería la libertad. Una libertad, diría que absoluta: seríamos dueños de cada fracción de nuestro tiempo, de las decisiones que pudiésemos tomar, sin influencias ni presiones, sin condicionante alguno, la propiedad de nuestros actos nos pertenecería por completo. Una alternativa, si no imposible, casi, de poder hacer realidad.

El Hombre es un ser social, así nos configuró la Naturaleza y, gracias a ello, la evolución nos ha conducido hasta dónde hemos llegado. La convivencia entre humanos necesariamente implica una pérdida de libertad. Ya en un principio, cuándo sólo eran varios individuos formando una familia o varias familias completando una tribu, hubo que establecer unas normas básicas: ineludiblemente, el no estar solo -'el grupo'- exigió un recorte en las opciones individuales de cada uno de sus componentes: tenía que comer yo, pero también tenía que hacerlo el compañero. La libertad del uno terminaba donde empezaba la del otro.

El número de componentes de 'los grupos' humanos fue en aumento, así como la complejidad de estos. Las tribus formaron tribus más grandes, con el tiempo algunas se establecieron en asentamientos fijos, surgieron las aldeas, luego los pueblos y más adelante las ciudades y las inmensas aglomeraciones de las que 'disfrutamos' hoy en día.

Al mismo tiempo que, con el transcurrir del tiempo, esto sucedía, de modo paralelo se multiplicaban las dificultades para 'ordenar' el día a día de tantos humanos juntos. Las normas básicas se fueron transformando en reglas más complejas y estas en leyes. Era, y es, el único modo de organizar la convivencia de miles, o millones, de seres, todos de la misma especie y cada uno con un modo de ser y comportarse diferente; un problema sin solución definitiva, adaptable y siempre mejorable, pero no con respuesta del todo equilibrada, justa, equitativa y absoluta, esto, jamás.

Para establecer normas, reglas o leyes, hay que elegir a quien lo ha de hacer. En un principio, dado el corto número de convivientes, las decisiones se tomaban entre todos. Al irse multiplicando el número de personas que compartían sus vidas, esta alternativa devino imposible.

Escoger a quien se iba a encargar de fijar los acuerdos que todos habrían de respetar supuso la primera gran disyuntiva: ¿lo hace el más fuerte o lo hace el más sabio? Habida cuenta de la profusa abundancia -valga la redundancia- de una de las 'facultades' que nos caracterizan, la estupidez, fue la fuerza la primera que se llevó el gato al agua: el que daba los guantazos más fuertes -primero-, o el que contaba con más puños para apoyarlo -después-, fueron los encargados de determinar el 'quién', 'como', 'cuándo' y 'cuánto'; ellos decidían, los demás obedecían. La libertad de los unos anuló la de los otros. Así comenzó a 'escribirse' la Historia…

En el florecer de la 'Gran Cultura' -así llamo al inigualable esplendor alcanzado en la Antigua Grecia, con sus artistas, matemáticos y, por encima de todos, con sus filósofos… sus 'pensadores'- se acunó una idea diferente: debían ser los ciudadanos -todos- los que decidiesen a quien entregar la responsabilidad de redactar, promulgar y hacer cumplir las leyes que a todos -así se pensó- obligarían. El todo escogería a los unos. Habrían de ser -no se rían- los más destacados en las distintas disciplinas, los más letrados, los más inteligentes -que no se rían… estoy hablando de la Grecia Antigua, no de ahora-; es a lo que se llamó democracia- la soberanía del pueblo-.

Esta variante, madre de los sistemas que con más o menos éxito nos han llevado hasta lo que hoy tenemos en la mayor parte del planeta -en el llamado 'mundo libre'-, supuso un cambio trascendental: no hacía falta ser 'el más cachas' para alcanzar el poder. La importancia de esta aportación, primero de Platón y luego de Aristóteles, fue tal que, muy probablemente, sin ella, a estas alturas 'de la película', la Humanidad no existiría.

Que los que gobiernen estén entre los que posean mayor experiencia, sean más prudentes, inteligentes, sabios o justos, en lugar de aquellos que presenten más kilos de bíceps por brazo, supuso el triunfo de la sabiduría sobre la fuerza bruta. Sin duda, un espectacular y colosal triunfo.

Por desgracia, integrantes de la misma especie a la que pertenecieron Platón y Aristóteles fueron capaces de volver la tortilla del revés y someter a los humanos a las peores tragedias, horrores sin fin, crueldades sin límite, abyecciones indefinibles y atrocidades inhumanas. Ocurre cuando la fuerza vuelve a ocupar el lugar que no le corresponde y también cuando se da otra variante muy típica de la infamia de la que es capaz el 'Homo sapiens': la inteligencia y la sabiduría al servicio de dos fuerzas mucho más brutas que cualquier otra: la vanidad y la ambición.

Hoy, en la parte del planeta en la que vivo, no estamos ni en un caso ni en el otro. 'La Res publica' -'las cosas', diríamos nosotros- más o menos se ha 'normalizado': más, porque hemos asumido la democracia como forma de elegir a los gobernantes; menos porque no se elige a quien más vale, sino a quien otros deciden que son 'los que valen' y, claro, la mayor parte de las veces, no; no son los que más valen, ni siquiera valen.

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