Su propio afán

Tonto el que lo lea

Por el prestigio de un hijo uno hace el tonto incluso a sabiendas también

Ya me disculpará usted el título, dilecto lector, pero mi hijo se me ha acercado en extraños zigzags, colorado de vergüenza y sinvergonzonería, a decirme que sus amigos (sus amigotes, mejor dicho) del colegio le han dicho que su padre no se atrevería a titular así su columna en el periódico, eh. «Aguántame la taza de té», le he dicho, levantándome enérgicamente del sillón orejero.

Yo podría contraatacar y preguntar si el padre de uno se atrevería a plantar rosales en la dehesa que gestiona, miles de rosales, que iba a quedar preciosa. Al otro, ¿si le haría una cuchufleta a la fiscal en mitad de un juicio oral para reírnos todos? Al otro que por qué no envasa caracoles en una lata de garbanzos, en plan Dalí. Pero aquí no hemos venido a arrugarnos. Ea, tonto el que lo lea (bis).

Es sólo una pequeña impertinencia con usted (que, además, puede no leer el artículo y aquí paz y después gloria). Merece la pena porque a los niños hay que educarlos, según aconsejaba Natalia Ginzburg, en las grandes virtudes: en el arrojo mejor que en el ahorro, más en el valor que en la prudencia y en el espíritu de aventura y camaradería en vez de en una pacatería timorata.

Viéndome tan decidido con las manos en el teclado, él se las lleva a la cabeza. «¿No te echarán del Diario, verdad, papá?» «Llevo veintidós años escribiendo aquí casi a diario y no he tenido ni un solo problema de censura ni directa ni indirecta», le confirmo para que se le quiten los remordimientos y pueda regodearse con la sorpresa a sus amigos (amigotes). Para no dar ideas imposibles, no le digo que otra cosa sería si me piden hablar bien de los embalses que hizo Franco, o poner negro sobre blanco cualquier verdad sencillita de biología, o estar contra la admisión de Turquía en la UE. Eso sería otra cosa.

Razón por la cual, por cierto, mis lectores saben muy bien que un poco tontos ya son. Echarse a leer estas columnas no deja de implicar algunos riesgos innecesarios que ellos asumen llevados también del espíritu de aventura. Casi todos los días leerán aquí cosas que les irriten un poco por puro desacuerdo, pero todavía es peor si les convencen o, todavía peor, cuando les animan decirlas por su cuenta y, sobre todo, riesgo. Por otra parte, llamar tonto a alguien tampoco es para tanto, visto lo visto. ¿O no es lo que hacen por activa y por pasiva nuestros gobernantes y, encima, les votamos y les pagamos los sueldos?

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