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HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano

Utopistas novatos

Las utopías hasta ahora, y es de prever que hasta siempre, han sido puras fantasías literarias, a veces muy brillantes, o han fracasado. No duran mucho: tras las primeras tracas revolucionarias para la consecución de la sociedad feliz, el hombre se asusta de sí mismo y pone fin al experimento. Los ingenieros sociales del socialismo español parecen ignorar que sin horcas, hogueras y guillotina (la guillotina era sólo una) no hay ingeniería social que valga. La horca es antigua y da trabajo, pero con la tecnología moderna se sigue usando en las revoluciones islamistas. Las hogueras son insaciables y se tragan a los condenados por decenas. Nada más que es empleada ya, e ilegalmente, por algunos pueblos revolucionarios, minúsculos y aislados, andinos. La guillotina es una verdadera modernidad revolucionaria, aunque lenta, pues, al ser una, hay que hacer cola y la espera de la muerte es peor que la muerte misma.

Lo más moderno, revolucionario y socialista es la muerte civil. Nadie es molestado ni perseguido, ni encarcelado ni muerto por sus ideas y opiniones, siempre que coincidan con los Principios Generales del Movimiento Nacional Socialista. En caso contrario deja de existir y se le borra del Libro de los Justos, según supimos por Tocqueville. Para saber quién es adepto y quién no al régimen, se promulgan leyes, con el pretexto de la libertad y el igualitarismo, que violenten la conciencia y no contemplen la objeción: aborto alegre y festivo, sexualidad libre y confiada desde la infancia, denominar matrimonio a las uniones homosexuales, desproteger a los hombres por una supuesta defensa de las mujeres y, en fin, todas las extravagancias que conocemos. Parece que hay cerca de los gobernantes asesores para inventar leyes torcidas que obliguen al ciudadano decente a elegir entre el silencio y la mentira.

La destrucción de la familia y la religiosidad a favor de la abstracción del Estado es labor prioritaria de todos los totalitarismos. Las democracias bien organizadas, imperfectas por su propia naturaleza, apenas intervienen en las vidas particulares y dejan libres a las personas para que se entiendan entre sí con buenas y justas leyes. La nueva ocurrencia de alterar el orden tradicional de los apellidos para volver al siglo XVI, no es en apariencia importante ni ataca directamente a la familia, vínculos y afectos que se les escapan a los gobiernos; pero la molesta con una novelería que nadie ha pedido, crea un problema que no existía y da motivo para discusiones internas en las casas que nadie se había planteado. No queremos aceptar que libertad e igualdad se contradicen. Las libertades públicas y privadas no pueden traspasar las lindes de la desigualdad entre los hombres que la Madre Naturaleza nos ha impuesto. Conociendo el pasado, es asombroso que aún se intenten políticas fracasadas de antemano.

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