Vanidad de vanidades

La memoria histórica se sustenta sobre la pretensión de juzgar otros tiempos desde éste

En el Real Círculo de Labradores de Sevilla. Homenaje a José María Pemán. En la mesa redonda, con sabia mano moderada por Ignacio Trujillo, disertamos Paco Robles y Alberto García Reyes y, encima, Luis Sánchez-Moliní, jefe de opinión del Grupo Joly y, por tanto, mío. Llevamos hora y media llevándonos las manos a la cabeza con la retirada de la placa de Vassallo de la casa natal del escritor, en particular; y por la ley de memoria histórica, en general. En esto, levanta su manita, entre el público, mi hija Carmen, once años, que se ha venido conmigo y su hermano a Sevilla de excursión. (Su madre, que la habría mandado callar, se tuvo que quedar en casa.)

Un escalofrío recorre mi espalda. ¿Será capaz de decirnos que ya es hora de ir terminando, eh, que nos queda el viaje de vuelta a El Puerto y se hace tarde? Con un hilito de voz le digo: "¿Qué?" "Tengo una pregunta" "Me lo temía. Di".

"¿Hasta qué punto lo que envenena la convivencia, la memoria y la política, como están diciendo ustedes, no será la soberbia de los políticos?" Yo intento disimular mi suspiro de alivio. Además, la niña ha puesto el dedo en la llaga como quien no quiere la cosa. ¿No resulta extraordinariamente egocéntrico tratar de juzgar la historia ochenta años después desde el mullido sillón de ahora? ¿Y qué me dicen de retocar los hechos como con Photoshop? ¿O de reinterpretarlos a conveniencia? ¿Y qué de enjuiciar la aportación literaria de unos escritores muy hondos sin ser los políticos ni críticos literarios ni lectores apenas? ¿Por qué no dejar que les juzgue la posteridad, que es la sala competente?

Realmente la soberbia, más ciega que el amor, está teniendo mucho que ver en todo cuanto nos pasa. Es el signo distintivo de los tiempos. El postmoderno pretende enmendar la plana no sólo a la historia y a la literatura, sino también a la naturaleza y a la biología, que ahora resultan que son fachas y vamos a terminar quitándoles las placas a ellas también, ea. Es el lema de la hora: "El Estado soy yo, y también el estado civil, el líquido o el gaseoso, el estado de la nación, yo; el esteta, yo; el etólogo soy yo, y el ético y el estrado de la cultura, etc., y todos yo".

La intervención prácticamente cerró la mesa redonda, porque qué añadir. Pero no se preocupen, que no presumí casi, no fuese la niña a acusarme también a mí de vanidad, ya embalada. Y en eso hubiese tenido igualmente toda la razón.

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