DEL mundo feliz que nos adelantaba hace décadas Aldous Huxley hasta los juegos del calamar de los últimos días parece que no han pasado años. Pensar sobre si el futuro de nuestra civilización pasa por los juegos de la nueva serie o por los juegos diarios de la vida es la gran pregunta. Podemos llegar a al acuerdo de que el sentido de la vida es directamente proporcional al valor de la muerte, aunque sea con salsa de tomate como sangre y balas de fogueo como proyectiles.

Más en días de disfraces, calabazas, difuntos y fantasmas. Con la publicidad buscada se consigue más ventas. Con el tema en las redes se abren discusiones sociales. Pero, lo sustancial, sin darnos cuenta, nos quedamos en fuera de juego del sistema porque los que estamos en el mercado somos todos. Poca gente dice tener seguros de defunción al día porque no quieren acordarse de ese momento o porque ya está el sistema de valores por otros derroteros. Poca gente piensa en prevenir la enfermedad antes de que aparezca. Muchísima menos educa en la salud y en la vida sana a sus hijos.

Casi nadie atiende a sus mayores convenientemente, ya sea por ese tipo de religión capitalista que nos ha tocado vivir o porque se llega a un importante nivel de egoísmo autosuficiente que es capaz de olvidar el respeto. Pero eso sí, es hacer una aproximación dialéctica al tema y renacer las conductas trascendentales de siempre. Las del miedo a algo y las de dudar de todo. Lo cierto es que los zombis somos los que no nos damos cuenta de que lo somos.

Nos dicen a qué hora poner la lavadora. Nos aconsejan coches eléctricos, híbridos o de petróleo. Nos vacunan como a rebaños. Nos dicen que series ver. Nos educan en los mejores deportes a practicar. Nos teledirigen por las redes. Nos programan telebasura. Nos meten gato por liebre en los alimentos. Nos llevan a las urnas cuando interesa. Ni Michael Jackson en sus mejores tiempos.

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