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Dos años

Los referendos son mecanismos diabólicos que crean muchos más problemas de los que pretenden solucionar

En Gran Bretaña, el sainete del referéndum de salida de la Unión Europea puede acabar costando la independencia de Escocia y la pérdida del Ulster -que a lo mejor se reincorpora a la República de Irlanda-, además de provocar una fractura social y un odio feroz entre partidarios y detractores que tardará muchísimo tiempo en curarse -si es que se cura-. Los referendos son mecanismos diabólicos que crean muchos más problemas de los que pretenden solucionar. Son simplistas, engañosos y se pueden manipular de muchas maneras. Por eso son mecanismos que siempre han gustado a los dictadores y a los demagogos. Franco convocó tres referendos a lo largo de su odiosa dictadura. O quizá cuatro, ya no me acuerdo. Por supuesto, los ganó todos.

Y sin embargo, aún hay gente que defiende el referéndum -sobre todo en el caso de Cataluña- como una fórmula democrática viable para solventar los deseos de independencia de una parte importante de la población (unos deseos espoleados y propagados y regados con abundantísimo dinero público desde el poder autonómico). Entre nuestra izquierda más supuestamente radical -desde Colau a Pablo Iglesias, incluyendo catedráticos, artistas, músicos, actores e intelectuales-, el referéndum tiene un prestigio indestructible. "Las urnas no delinquen", dicen. "No hay nada malo en votar", dicen. "El pueblo debe hablar", sostienen. Pero todos se callan que las urnas pueden estar manipuladas y que el pueblo, en vez de hablar, puede entregarse a un guirigay incomprensible.

Hoy se cumplen dos años desde los días ominosos en que el Parlament de Cataluña se saltó todas las normas y dio un autogolpe de Estado proclamando unas leyes que rompían con el consenso democrático y con todos los mandamientos legales. Hace dos años, el silencio de nuestros intelectuales y artistas fue "ostentóreo", por decirlo como lo habría dicho Jesús Gil. Se produjo un golpe de Estado contra la democracia, pero nuestros intelectuales y artistas, siempre dispuestos a manifestarse sobre toda clase de temas, se mantuvieran callados como párvulos delante de un maestro con malas pulgas. Y así siguen. Han pasado dos años, sabemos qué clase de caos social y económico ha provocado el referéndum del Brexit, pero el silencio y la complicidad de nuestros artistas e intelectuales siguen siendo los mismos. Asombroso.

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