HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano

Los apóstatas

LOS verdaderos apóstatas, los lapsos, lo fueron en los primeros siglos cristianos por temor al martirio. Cada uno administra su miedo. Después de enconadas discusiones entre los cristianos confesores de la fe, se les acogía de nuevo en la Iglesia tras hacer penitencia y estar un tiempo apartados de los sacramentos. Otros apóstatas sinceros lo fueron en todas las épocas por un proceso evolutivo de su fe, por honradez intelectual. En ambas apostasías había un riesgo social, una lucha interior que se resolvía con reflexión y dolor, no de golpe y por una pataleta. Está de moda entre los residuales retroprogres apostatar y presumir de ello, como si hubieran hecho una hazaña. Hazaña sin peligro no es tal. Parece el nuevo campo para llamar la atención una vez que la mili es voluntaria. Los objetores y los insumisos encontraron el coladero para eludir el servicio militar cuando ya no tenían que pasarse años presos en un castillo.

Los apóstatas modernos pertenecen al mismo sector de la sociedad que simpatiza con los regímenes islamistas, entre los que apostatar está castigado con la muerte, y con cualquier novelería que vaya contra su civilización. Cortos de mentes y simples de pensamiento, jamás podrán contribuir a ningún progreso porque la ignorancia nunca fue un progreso y porque no hay mayores ignorantes que quienes presume de su ignorancia. He leído en una colección de discursos que regala un periódico unas palabras de Sarkozy en homenaje a los monjes de Tbhirine, degollados por el Grupo Islámico Armado: "En Tbhirine, el hermano Christian me enseñó, más allá de la muerte, que lo mejor de las grandes religiones superará siempre lo peor, que los extremismos y los integrismos no se deben confundir con el sentimiento religioso que alimenta parte de la esperanza humana." Apostatar en España hoy es una frivolidad reaccionaria que sólo sirve para quedar bien con los actuales gobernantes y obtener algún favor.

Y apostatar, ¿para qué? ¿Para aceptar las palmaditas en la espaldas de un grupo de conocidos apuntados a la nueva hipocresía? ¿Podemos renegar de nuestra civilización clásica cristianizada sin caer en contradicciones dañinas para el sistema nervioso? Todo viene de Grecia y Roma cristianizadas: la literatura, el arte, la filosofía, las costumbres, los valores sociales, las revoluciones, la democracia, el socialismo o el comunismo, incluso el ateísmo. No hace falta seguir. Las dudas, y aun la pérdida, de la fe son propias de los hombres de fe y se sufren en el silencio de la intimidad, no enseñando un documento de apostasía en las tabernas como si fuera la baja de un club recreativo o una cédula contra las calenturas. La hipocresía de la España oficial católica se ha trocado en la de la España oficial laicista y las protestas de catolicismo por las de laicismo. Es lo mismo. No hemos avanzado nada.

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