Por montera

Las arrugas de Antonio

A mí me gustaría saber comunicarles la sonrisa de este hombre cuando mira a su nieta jugar

Antonio llega como cada mañana a un parque que hay cerca de casa, con su nieta de la mano, una niña de casi tres años con su abrigo, su bufanda y un gorro. Son días soleados pero fríos, propios de enero. Y Antonio, un hombre de más de setenta años, mantiene su costumbre a pesar de la temperatura. Mientras la pequeña Clara persigue a los gorriones con un entusiasmo que resulta admirable, el abuelo y yo tenemos un aparte. Conozco a Antonio desde antes de que enviudara. Solemos vernos casi todas las semanas, nos saludamos, hablamos de vez en cuando. Hoy se encuentra especialmente locuaz. A mí me gustaría saber comunicarles a ustedes la sonrisa que aflora en el rostro de este hombre cuando mira a su nieta jugar, la manera en la que surgen más arrugas en su cara, arrugas felices. Es una sonrisa honda, llena de presente, que le sube hasta los ojos.

Antonio se ocupa de su nieta Clara a diario. Los padres de la niña, su hijo y su nuera, trabajan. Él mismo propuso quedarse al cargo de ella cada mañana, hasta la hora de comer. Llega temprano a casa del hijo, ellos se van a sus labores y Antonio despierta a Clara, le ofrece el desayuno y, si no llueve demasiado, da un paseo con ella. Son una pareja reconocible en el barrio. El abuelo Antonio y la niña Clara.

Dice que no le pesa ese tiempo, que lejos de considerarlo una carga, para él supone un lujo disfrutar de su buena salud e invertirla en ver crecer a la cría. Le enseña palabras. Le habla de su difunta abuela, que no llegó a conocer. Se han hecho cómplices de los perros y de los árboles.

"¿Sabe usted por qué disfruto tanto de esto?", me confiesa. "Porque yo no vi a mi hijo crecer. El trabajo me lo impidió. Me perdí la infancia y la adolescencia de mi propio hijo. Lo hice porque había que comer. Pero esos años, cuando se hacen mayores, y se hacen mayores muy rápido, ya no vuelve. Yo me siento culpable de no haber visto crecer a mi Antonio. Y ahora sé que tanto él como la madre están perdiéndose estas carreras, estos gritos de alegría de Clara. Tienen buenos trabajos y hay que agradecerlo. Pero el tiempo no vuelve. Y a mí esta niña me está devolviendo un tiempo que yo pensé perdido. Es un tesoro que yo tenga la suerte de saber valorarlo. Dios me ha dado una segunda oportunidad".

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