Descanso Dominical

El bourbon de Bunbury

Jerez, 1997, de una berlina negra con cristales tintados se baja un tipo canijo, pantalón pitillo, tres cuartos de cuero

Jerez, 1.997. Un grupo de fans, algunos pipiolos y otros ya no tanto, se arremolina a las puertas del número 12 de la calle Guadalete, a la sazón sede de Los 40 Principales. La 97.8. De una berlina negra con cristales tintados se baja un tipo canijo, pantalón pitillo, tres cuartos de cuero; una especie de Jim Morrison patrio que, incluso desgarbado, impone. Los coches se paran, la gente brama. No cabe duda, es una estrella del rock. Se llama Enrique Ortiz de Landázuri, pero los escenarios y la industria lo han bautizado como Enrique Bunbury. Casi flotando atraviesa el patio de la emisora y llega hasta la puerta del estudio, donde le estoy esperando impaciente, nervioso. Nada puede salir mal. Viene a presentar su primer disco en solitario, Radical Sonora, pero lógicamente le acompaña el perfume del éxito planetario cosechado como vocalista de Héroes del Silencio. Ese día firma más discos del grupo que del que trae calentito bajo el brazo.

Tiene las uñas pintadas de negro y no se quita las gafas de sol. Él metido en su papel de ídolo de multitudes, yo en el mío de periodista al que no se le puede notar en exceso que si no fuera el entrevistador estaría con los de fuera chillando. Lo tuteo del tirón -¿Quieres beber algo, Enrique?- como si lo conociera de toda la vida. Bourbon, responde lacónico. ¿Con hielo, Enrique?. No, solo, me dice. Me abro paso entre camisetas con la cara de mi invitado y hablo con mi compañera Mercedes para pedir "un vaso de bourbon" al Bar Guadalete, que está enfrente, cruzando la calle.

El piloto rojo se enciende y empezamos a hablar del nuevo disco. Se le ve cómodo, se quita las gafas de sol, llega Miguel, el camarero enjuto del Guadalete, bandeja en mano y deja el bourbon sobre la mesa. Solo, sin hielo, todo va bien. Miguel es de Guadalcacín, los surcos de su piel recia son el eco de sus años doblando el lomo en el campo; en su cara veo una mezcla de sorpresa e incredulidad. No entiende la que hay liada esa tarde. Ni que fuera Manolo Escobar. A los treinta segundos Búnbury le da el primer tiento al vaso, se moja los labios, toma un sorbo, lo deja despacito sobre la mesa y lo aleja un poco con su dedo índice.

La entrevista duró veinte minutos, la firma de discos más de media hora. No volvió a tocar el vaso. Nunca más. Cuando todos se han ido Miguel regresa a por la copa. Le comento que lo ha probado y no lo ha vuelto a mirar. ¿Qué marca de bourbon era, Miguelito?. Qué bourbon, ni bourbon -me espeta con una carcajada- yo le he puesto whisky Dyc, lo que había. Y los dos quedamos en no contarlo nunca, en ser unos verdaderos héroes del silencio…pero creo que ya ha prescrito.

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