la columna

Pedro Sevilla Gómez /

Las cafeterías

SENTADO en una cafetería sevillana, mientras leo en el periódico los últimos descalabros de la economía, me llega desde una mesa cercana el alegre seseo de unas muchachas que, a juzgar por su conversación, son funcionarias de alguna oficina de la Junta y han salido a desayunar. Mantengo la vista en el periódico porque un caballero debe evitar que las mujeres noten su interés por ellas, aunque mi atención está posada en sus risas y en ese seseo sevillano que le llena a uno el corazón de trinos. Pero la alegría es tan efímera como los trinos de noviembre y el maldito camarero no tuvo otra ocurrencia que accionar el televisor. Inmediatamente se adueñaron de la cafetería un grupo de tertulianos que debatían sobre un tema crucial para nuestra convivencia: alguna moza se había sometido a la máquina de la verdad y al ser preguntada sobre si había mantenido relaciones sexuales con Bárbara Rey había contestado que no mientras que la máquina decía que sí. Otra vez las dos Españas: los que decían que la chica decía la verdad y los que decían que la máquina decía la verdad. Otra vez la guerra civil aunque en esta ocasión, al ser una batalla de amor, el campo era de plumas. A mí, como ustedes entenderán, me trae sin cuidado si la moza cuyo nombre no logré retener se acostó o no con Bárbara Rey, y si escribo esto no es ya para denunciar la cochambre en que se ha convertido la televisión, ese portentoso medio de comunicación. Si escribo es para maldecir al bestia del camarero, que con su acción aparentemente inocua me privó de la conversación de las risueñas funcionarias. Porque en cuanto los tertulianos comenzaron a debatir, las chicas suspendieron su conversación y fijaron la vista en la televisión, gozosamente aprisionadas como moscas en un pastel de miel o de mierda. No es lo malo, con serlo, que esta gentuza de las televisiones trafique con los sentimientos y las batallas de amor de cuatro pedorras que por vanidad o por ganas de ganar dinero se prestan a la máquina de la verdad. Lo peor, y eso es lo que a mí me ha dolido hoy, son los daños colaterales. Porque, como digo, las funcionarias enmudecieron hasta que una, la más responsable, dijo que llevaban ya media hora de desayuno y que debían volver al trabajo. Allí me dejaron, con la cara partida y sin más opción que sumergirme de nuevo en la lectura de la prensa, a naufragar entre los tipos de interés y las primas de riesgo.

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