Empujado por el aire de los buenos propósitos para el año nuevo, imbuido de conciencia cívica y ecológica, nuestro héroe decidió dejar el coche en el garaje, sacó la bicicleta, se enfundó el casco, y tomó al carril-bici para acercarse al centro de la ciudad. La mañana de sol y fresco se mostraba más que propicia. Nada más empezar, tuvo que esquivar a un par de peatones que, a pesar de lo ancho de la acera, habían preferido caminar por el carril destinado a las dos ruedas. ¡Bah! Normal. A cualquiera nos pasaría. A la altura de la Audiencia, ya no eran paseantes: casi una legión de estáticos vecinos ocupaba la vía ciclista y más. El tenue timbre de nada servía, así que recurrió a un por favor, enunciado en tono cordial, para solicitar paso. La respuesta fue inmediata. "Pues vete por otro sitio, c…. No ves que estamos hablando". En esta ocasión agradeció ir en bici por lo que fácil que le resultó pillar distancia. Entrando ya en el casco antiguo, se topó con una obra, por lo que decidió poner pie en tierra. No le dio ni tiempo. Un operario le gritaba ya que por ahí no podía pasar. Miró alrededor en busca de valla o señal, pero no la halló. Aún así, entonó unas disculpas que, inesperadamente, provocaron el efecto de enardecer más al operario. Le reiteró sus disculpas y se ofreció a cortarse las venas in situ. Peor. Otra vez tierra por medio. Ya en zona peatonal, un joven impúber, móvil en mano derecha, vista puesta en el chat, casi lo arrolla. Como un Rossi cualquiera, optó por sacar la pierna, más que nada para protegerse. Otro lío. ¡Ofú! Decidió tomarse un refrigerio y ató la bici a una farola. En apenas un instante, un propio intentaba cargarse el antirrobo. ¡Quillo!, le gritó. Esta vez, afortunadamente, no obtuvo respuesta y el amigo de lo ajeno prosiguió su camino. No cabe duda de lo saludable de pasear en bici, pero es que, además, resulta de lo más entretenido. ¿O no?

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