Jerez íntimo

Marco Antonio Velo

marcoantoniovelo@gmail.com

Una cigüeña herida elige Jerez

La cigüeña no quiso ser ave de paso y apostó a ciegas por Jerez.

La cigüeña no quiso ser ave de paso y apostó a ciegas por Jerez.

Prefieren ser ave de paso. Ante situaciones adversas. Así se confiesan -interpretativamente- Ana Mena y Pablo Alborán -una de arena y otra de cal- cuando deshojan su penúltima canción a dúo: “Prefiero ser ave de paso,/ sobrevolar el cielo antes del ocaso/ que mendigar amor donde no hay corazón./ Eso no trae nunca buena suerte”. ‘Ave de paso’, como la película guionizada por Max Aub. Ser ave de paso como un andar de puntillas y desaparecer de escena antes que después. Ser ave de paso -como una acuarela en abstracto- cuando las circunstancias pintan bastos o cuando el temporal de lo imponderable zumba a la contra. Ave de paso -escaquearse, escurrir el bulto-, sin buscar nido, sin apostar por tierra firme, en una descreencia más lindera a la incredulidad que a la determinación. Ave de paso o, como reza el título del libro de Alfredo Saldaña Sagredo, ‘Pasar de largo’. Sí: pasar de largo a toda pastilla, con mirada bifronte y en volandas, como un diablo cojuelo que sobrevuela todas las azoteas imaginables sin fiarse de ninguna de ellas. Ser ave de paso mostrando escepticismo por todos los suelos que divisa. Ser ave de paso que rechaza toda localización, toda ubicación interior, toda patria urbana…

Hay quienes, ante capítulos adversos, prefieren la huida que se embosca en lo baladí. La espantada sin previo aviso. La sordina cuyo silencio apenas reconoce pentagramas entre niebla y niebla. El ratoncillo escapa del asfalto de la ciudad hacia el alcantarillado de lo extemporáneo. Hasta desaparecer de la vista de los viandantes. El globo infantil a veces -en su rebeldía- se suelta aposta de la mano del niño y, como si quisiera formar parte de un capítulo de ‘Automoribundia’ de Ramón Gómez de la Serna, surca los cielos por veces más altos e inalcanzables -como un suspiro de amor cadete- y logra perderse como un punto ya inapreciable en el firmamento. Las sombras de la noche se escabullen cuando los primeros claros del día asoman por el barandal del alba. Todo propende a la desaparición cíclica, casi elíptica, de la presencia ciudadana. Como un arte de birlibirloque según la rima asonante del visto y no visto. En un pispás. Sin quedarse. Ser ave de paso…

Pero no así la cigüeña que, sabiéndose migratoria, quiso aposentarse esta pasada semana en suelo jerezano cuando los vientos huracanados, inclementes, la arrastraron y arrostraron como un ser exento de autonomía. La enfurecida borrasca Karlotta -tan pertinaz en hacer leña del árbol caído y tan incisiva en el discurso del erre que erre del llover sobre mojado- ha hecho de las suyas, como en una película dirigida por Sebastián Schindel. Como un axioma descolgado de los últimos días de Pompeya. Como Tommy Lee Jones poniendo pies en polvorosa en el filme ‘Volcano’. Como los fotogramas de ‘En el ojo de la tormenta’. Como retomando la remembranza jerezana de aquel aguacero de septiembre de 1979 y sus consiguientes escenas prohibidas para asustadizos. Karlotta no mola mazo, que dijera Camilo Sexto. Karlotta se ha pasado de rosca, como algunas voleas míticas de Jorge Valdano en ochenteras competiciones europeas. Karlotta ha querido hacer de su capa un sayo desconociendo que en Jerez la única capa aceptada es la del velo de flor con su levadura desarrollada sobre la superficie del vino. O la capa de ‘El Don’, o sea: la icónica silueta de Sandeman con su sombrero tan jerezano, de ala ancha, y su copa en la mano. O las capas de los nazarenos de los Judíos de San Mateo cuando la noche del Martes Santo es un estremecimiento añejo de cornetas en lontananza.

La cigüeña no quiso ser ave de paso en trance de peligrosidad. No se hizo la resbaladiza, no se hizo la huidiza. Y atisbó en la ciudad un yacimiento de hospitalidad. Adivinó -aún sin otearlos a vista de pájaro- unos brazos abiertos -como en cruz de salvación- bajo la anonimia de la amanecida. Y a no dudarlo los encontró en la bonhomía del operario del servicio de limpieza municipal. ¡Menudo héroe este trabajador que no escatimó un instante en erigirse tal arca de sándalo -y de Noé- de una ciudad jerezana de mentalidad hospitalaria! Este buen hombre, que faenaba con dedicación plena, no entonó el título de la célebre película de Manolo Summers de principios de la década de los setenta: “Adiós, cigüeña, adiós”. Todo lo contrario. Y fue que presintió la cigüeña una sintonía de paz. Una certeza de acogida. Un deslumbre de protección. ¡Qué maravillosa metáfora de fe ciega por una ciudad y por sus gentes! Aquí -sin avales, sin recursos, sin garantes- depositó la cigüeña su confianza en momentos de herida y grito de SOS. ¿Por qué rechazó entonces ser ave de paso y bajó, decidida, a la zona que delimita la esquina de calle Gravina con Santa María? ¿Por qué en aquel intersticio de jerezanía? Elaboremos nuestra propia reflexión. Y construyamos un mensaje de servicio y ayuda, de solidaridad siempre, a tenor de los dictados de la conciencia. A la cigüeña zancuda que eligió Jerez no le sucedió como a la paloma de Alberti. Porque no se equivocó nuestra cigüeña, no se equivocaba…

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