Manuel Gregorio González

E l deseado

Confabulario

09 de marzo 2016 - 01:00

HAY un runrún, un fantasma, un latiguillo, que viene importunando la política española de los últimos meses, cual es la posibilidad de que gobierne "una figura de prestigio", para salir del marasmo que nos abruma. Desde luego, esto supone ignorar algo tan elemental como la vanidad de los candidatos, que tendrían que hacerse a un lado para que se aposente otro. Pero esto supone, principalmente, considerar la anormalidad como algo normal, y dar por cierto que sólo de manera excepcional, sólo como abrupta discontinuidad, la democracia española es posible.

En este sentido, y sólo en este sentido, quizá convenga recordar las esperanzas que suscitó la figura de Fernando VII, El Deseado, luego conocido como El Rey Felón. Recordemos también la espectral efigie que iba a presidir el Gobierno la noche del 23-F, como un misterioso y eficaz aglutinante. Por fortuna, ninguna de estas encrucijadas se parece a la actual. Y porque no se parecen, porque no existe similitud alguna entre aquellas Españas y ésta de ahora, no es necesario arbitrar una salida excepcional a un simple embrollo parlamentario. Sin duda, los partidos andan pulsando la tecla del dramatismo para prestigiarse ante su electorado y desacreditar a los adversarios en el hemiciclo. Puede, incluso, que algún diputado haya leído las intervenciones parlamentarias de Ortega ("hay sobre todo tres cosas que no podemos venir a hacer aquí, ni el payaso, ni el tenor, ni el jabalí"), para hacer justamente lo contrario. Sin embargo, de ese vago tutelaje de la "figura de prestigio" se infiere una rigidez parlamentaria, se deduce un estrangulamiento democrático, que hasta el momento no vemos por ningún lado.

Por supuesto, nada se dice aquí en contra de Solana, de Almunia, de Borrell y de otros grandes cetáceos de la política española que se anuncian como presidentes improvisados (la posibilidad de que gobernase Rivera es un asunto muy distinto). Aun así, el hecho mismo de su proposición indica cierta incredulidad en los propios mecanismos parlamentarios. Unos mecanismos de naturaleza reglada, anodina, previsible, que huyen de la excepcionalidad y abogan por un saludable aburrimiento de sus señorías. Con lo cual, no se puede descartar que esta aparición de la figura prestigiosa, del hombre determinante, sea un último vestigio del XIX -tan dado a la fulguración y el estrépito- en el reverdecido parlamentarismo del XXI.

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