Jerez íntimo
Marco Antonio Velo
Jerez, marzo de 1970: León Manjón, Romero Coloma y el Parque de la Serrana
CONTAMOS, además de la estupidez que, todo a lo ancho y profundo, apabulla la condición de los humanos, con otra característica que distingue, como resultará evidente, para mal la actitud con la que la gran mayoría de nosotros se comporta: es esa displicente y cruel frivolidad con la que pretendemos sentirnos por encima de los que pensamos no están a la altura.
Lo que se nos aparece como diferente, cuando de facultades asumidas como ‘normales’ hablamos, lo entendemos como inferior, y lo que consideramos inferior -aunque por vergüenza o falta de sensibilidad, principios o de generosidad lo guardemos en el más íntimo de los secretos-, o nos merece menos atención, o lo tomamos por indeseable desgracia, o es digno de sensiblera, y a menudo hipócrita, compasión.
Lo que tenemos por ‘normal’ no es más que un patrón repetido hasta la saciedad, un hábito que se hace costumbre y luego, adoptado e impuesto por las masas, parece que haya de ser ley.
Pero en absoluto las cosas han de ser así, es más: no tienen que ser así, por la sencilla y elocuente razón de que no son así, por mucho que lo digan, o hagan, o insistan esas mayorías anónimas e informes a las que nadie conoce, porque no tienen identidad, pero a las que casi todos se pliegan y obedecen. Es eso que antes llamábamos ‘moda’ y ahora llaman ‘tendencia’, o si son más clásicos y gustan, como un servidor, del refranero, les recordaría aquello de ‘donde va Vicente va la gente’.
Ser distinto, cuando lo que escasea es lo inteligente, puede ser casi un delito. Igual da que te tengan por ‘menos’ o te desprecien porque digan que te piensas ‘más’, todo lo que no comulgue con lo que la mayoría comulga no sirve -no es útil-, o no vale -no tiene uso práctico-, o no cuenta -para lograr lo que la gente quiere-, o no conviene –pues no favorece los intereses de quien lo critica-, y por lo tanto -’por lo tanto’ conforme a su mezquina lógica, claro- lo apartan, señalan, desmerecen y hasta, con cínico disimulo, desprecian.
Si lo distinto está en la mente -y no nos referimos a patologías catalogadas y diagnosticadas-, el ‘diferente’ será, en el peor de los casos, estigmatizado, en el menos malo, compadecido, pero nunca considerado como lo que en verdad es: distinto, ni menos ni más, sólo diferente. Su realidad no es la de la mayoría, pero eso no implica minusvalía, sólo incomprensión y clara discapacidad… no suya, pero sí de quien lo discrimina.
Si la merma es física, o fisiológica, la incapacidad para comprender, colaborar, obviar carencias, en lo posible, con-sentir -‘sentir con’- y acompañar -de verdad- de los que no tenemos merma de ese tipo alguna, para con los que si la tienen, a más de evidente y casi delictiva, de seguro es egoísta, inhumana y cruel.
En lugar de empeñarnos en hacer más fácil la vida de los que la tienen más difícil, nos limitamos a… ¿lamentar?, o… ¿hacer que no vemos?, ¿preguntar a Dios por qué?, ¿mirar hacia otro lado?, ¿calmar la conciencia con atenciones forzadas o desganadas, o dinero…?
Ayudar, asistir, colaborar todo lo que se pueda, por supuesto, está bien, pero no tratamos ahora de eso, ahora tratamos de que lo que en verdad hacemos es preservar nuestra realidad tal cual ha venido siendo -lo que significa, lo admitamos o no, quedarnos un poco al margen-, y hacer que sean ‘ellos’ los que tengan que adaptarse a un mundo lleno de obstáculos, impedimentos y agresiones; obligarlos, en fin, a una realidad en la que no se pueden desenvolver como lo hacemos el resto. Cuando lo noble, generoso y en verdad solidario, pero por encima de todo, justo, sería adaptarnos nosotros a un mundo en el que ellos puedan vivir mejor, hacer que su realidad fuese la nuestra, porque es más fácil para nosotros hacerlo que forzar, no les queda otora opción, a que lo hagan ellos.
Los discapacitados somos nosotros, discapacitados de espíritu, de alma, o de corazón, pero no los que, por una causa o cualquier razón, son ‘diferentes’ a lo que una espuria y frívola mayoría considera ‘normal’.
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