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LA crisis de Calais, más allá de la triste estampa que supone ver en el interior de Europa a centenares de inmigrantes desesperados y jugándose la vida para encontrar una oportunidad en Gran Bretaña, vuelve a poner sobre el tapete una cuestión: la inmigración irregular es uno de los mayores problemas a los que se enfrenta Europa y no una simple coyuntura complicada, como quieren creer algunos. Los graves problemas ambientales, políticos, económicos y sociales que asedian a los países del mundo empobrecido no van a remitir en un corto plazo, por lo que todo hace pensar que estas oleadas de personas sin apenas nada que perder, lejos de remitir, irán en aumento durante los próximos años. En consecuencia, la Unión Europea debe encontrar cuanto antes una política común con la que enfrentarse al reto; política que, parece evidente, deberá estar en las antípodas del enfrentamiento entre Francia y Gran Bretaña al que hemos asistido durante los días de la crisis, con reproches mutuos y un discurso -especialmente por parte del Gobierno de Cameron- que ha rozado el racismo.

Hasta la fecha, gobiernos como el de Londres han tendido a mirar las oleadas de inmigrantes como un problema que afectaba casi en exclusividad a los países del sur de Europa. Bastaba con mandar algunos efectivos de la Armada al Mediterráneo para cumplir el expediente. Sin embargo, desde ahora ya nada será igual. Lo que ayer eran imágenes que sucedían en lugares lejanos y exóticos como Ceuta, Tarifa o Lampedusa, son ahora una realidad que acampa en las orillas del Canal de la Mancha.

No es la hora de los reproches, sino de ver cómo se pueden mejorar las cosas. Gran Bretaña es uno de los países europeos con mayor peso internacional y posee una amplia red diplomática y empresarial con gran presencia en los países de África Negra y en Oriente, muchos de ellos antiguas colonias suyas. Su colaboración sincera y decidida sería importante para conseguir a medio y largo plazo frenar el proceso. Por una vez, David Cameron debería dejar de usar el antieuropeísmo como arma política interna y tener el coraje suficiente de colaborar abiertamente con la UE para buscar una solución que permita conjugar los intereses legítimos de cada país con los principios ilustrados de nuestra sociedad. Lo que estamos viendo durante estos días en Calais es sólo un primer aviso. Todos, pero especialmente Cameron, deberíamos tomar buena nota.

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