HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano

De la fantasía a la irrealidad

Hasta no hace muchos años pasábamos de la fantasía de las largas fiestas navideñas a la vida normal y a la realidad cotidiana, incluso con algún retoque para mejor en las vidas personales hartas de excesos. Todo cansa, también las vacaciones, las comilonas y la permisividad. Este año, y no es el primero, pasaremos de la fantasía, de las campanitas y las lucecitas tiernas, a la irrealidad. Hemos empezado antes de Reyes, que es la traca final, con el cartel 'Stop nazi' exhibido ante las autoridades participantes en la conmemoración de la Toma de Granada por los Reyes Católicos. Los partidarios de la destrucción de la civilización occidental, la única que merece el nombre de tal, no tienen reposo, ni pueden tenerlo porque Occidente, con sus debilidades, no tiene recambio todavía. No podemos improvisar otro Sócrates ni otro Séneca, ni hay sanagustines ni tomasesdeaquinos de repuesto, ni son reversibles Copérnico, Newton o Einstein.

Entramos en una irrealidad más imaginativa que la de los portales de Belén, que pueden adornarse con infinitos elementos y poblarlos con personajes del imaginario popular. Después de haberle dado la propiedad de la tierra al viento, en una frase con pretensiones de espiritualidad poética, el jefe de Gobierno de todos los españoles, incluidos los millones que no le han votado, asegura que se equivocó al no ver venir una crisis económica de tanto alcance, pero no puede hacernos salir de ella con más rapidez porque tendría que tomar decisiones que su ideología le impide. Aparte de que la ideología, si existe, del Presidente es confusa, oscura y veleidosa, cuando esto ocurre el gobernante dimite para dar paso a otro que tome las decisiones que su conciencia ideológica le impide, para no mantener a los españoles en un pesimismo y en una angustia que, por lo dicho, podrían evitarse.

Para imponer una ideología es preciso primero una revolución y en España no ha habido ninguna. Ni siquiera las que se han dado ese nombre lo han sido. Tenemos el ejemplo de Salmerón, que dimitió como presidente de la I República por no firmar una pena de muerte, para no violentar su conciencia y sus convicciones ideológicas, y dio paso a Castelar que no tenía tales escrúpulos. Todo anuncia que hemos estrenado un año que no será mejor que el pasado en cuando a extravagancias, rarezas y exotismos legislativos, pues estamos a merced de una ideología personal que trata de imponerse a todos los ciudadanos, la compartan o no, una pretensión impropia de una democracia, aunque sea la imperfecta parlamentaria española, regida por una Ley Electoral injusta que resta legitimidad a los gobiernos, mucho más a unos gobiernos que parecen salidos de un club juvenil de excursionistas y que le hablan a una nación, de cuyo peso intelectual en el mundo nadie duda, como si estuviera habitada por masas de tontos.

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