La columna

Bernardo Palomo

Los horrores del pasado

Parece que han pasado los absurdos entusiasmos por retirar símbolos e imágenes de nuestro pasado, más o menos, reciente, actuaciones que encierran connotaciones históricas de las que, unos y otros, se han aprovechado según sus intereses, sus credos, sus fobias y hasta sus razones oídas de voces que, en muchas ocasiones, estaban manifiestamente equivocadas, faltas de rigor y, además, colocando a la historia en escenarios muy distintos de los reales y a sus personajes y episodios absolutamente interpretados a capricho. Me preguntaba el otro día esperando un tren de esos que, ahora, dicen de Media Distancia, que dónde habría ido a parar la placa de bronce que recordaba la fecha de inauguración de la bella estación de Jerez por el General Primo de Rivera, allá por los años veinte; placa que fue sustituida por otra para conmemorar, ésta nueva, el trascendente acontecimiento de una rehabilitación ferroviaria en tiempos de aquel alcalde la ciudad que estuvo varias legislaturas al frente de los destinos jerezanos. El interés histórico de una u otra placa creo que no ofrece duda. Por cierto ya que mencionamos la figura del antiguo regidor, ya podían quitar de la vía pública tantas esculturas - o, más bien, engendros escultóricos - tan diabólicas, espeluznantes, horrorosas y atentatorias contra el buen gusto y la dignidad estética de una ciudad como son el Motorista de la Granja, los nazarenitos de Cristina, el coche de caballos y su horrible apéndice del Mamelón, la Venencia de la rotonda de la Avenida de la Paz y algunas más en cuya existencia no quiero pensar ni acordarme de sus abominables imágenes. Con la retirada de estos horrores, la cara de la ciudad resplandecería, adquiriría un aspecto mucho más digno que el que tales situaciones promueven y, además, el recuerdo del que las fomentó subiría muchos enteros.

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