Jerez Íntimo
Marco Antonio Velo
Jerez: hoy es primer viernes de marzo…
Los cristianos no nos arredramos ante comentarios tan nefastos como los propalados -metiéndose en camisa de once varas- por Silvia Abril. El respeto no es de común dominio para toda hija de vecino. A partir de este fallido remedo de boutade -por expresarlo en término harto amable- ya jamás me provocará la actriz una carcajada de comicidad. Sacar los pies del tiesto a menudo define a quienes no sofrenan la vocinglería. La reacción en cadena anticipa una vez más que la verdad -nuestra Fe- nos hace libres. Fijemos la vista -de modo más saludable- sobre un patio de pilistras, que son las macetas de la memoria de las abuelas que regresan por el camino más corto del rito primaveral. Observemos las espadañas de una ciudad imaginaria que también existió en el reino de este mundo cuya denominación de origen dimos en llamar infancia. Adentrémonos por la sierpe de la tradición. No nos mantengamos desesperanzados a tenor de la dictadura de la novelería. La luz del primer viernes de marzo ha tomado posesión Jerez intramuros. Es una luz que huele. Una luz que caracolea matices. Una luz antigua que sin embargo nos rejuvenece. Una luz de poeta de posguerra con simbología de reestreno. Una luz cernudiana. Una luz precursora de cuanto Francisco Fernández García-Figueras denominaría como el comprobante del besómetro de la devoción por los Nazarenos, con mayúsculas, de nuestra bendita tierra: léanse: Jesús en Cristina, el Señor en San Francisco, las Tres Caídas en San Lucas… Y así hasta un prodigioso etcétera tampoco -¡ni falta que hace!- excesivamente largo.
Este primer viernes es hemeroteca que no se evapora según la investigación de nuestros recuerdos: página completa en prensa con el conmovedor entrecomillado de un emisor que Todo lo Puede: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Este primer viernes de marzo refrenda cómo en las collaciones del cielo siguen habitando aquellos que un día marcaron el itinerario del sentimiento. Como Rafael Torregrosa Agarrado, cofrade de pro del Señor Caído. Cuando Rafael sacó la papeleta de sitio definitiva para la estación de la Gloria, con su túnica que en efecto es mortaja, escribí algunas frases que hoy, espigadas, rescato: Rafael era paradigma de servicio. Su concepto de la Hermandad como institución cobraba naturaleza de atemporalidad. Por encima de bogas, de novelerías, de supercherías o de giros copernicanos interpuestos a tenazón según los dictados de una sociedad por veces más desacralizada. Rafael jamás se hizo notar. No buscaba agónicamente la cuadratura de una fotografía incluso metida con calzador a toda costa. Rehuyó del posicionamiento protagónico, rehusó la plusvalía del poder, rehizo un nuevo molde del sentido dirigente. Reconstruyó el busilis de la sencillez: hete aquí su auctoritas. Su peso específico. Su peso pesado. Jamás alardeó de ser mejor que nadie, mucho menos que sus antecesores -en los cargos y en la honra a Cristo- a quienes quiso y admiró -y así supo transmitirlo a las nuevas generaciones de cofrades de los Dolores- como una cadena de consideraciones fraternales siempre cosidas al telar del profundo respeto por el legado generacional. Rafael -¿verdad que sí, José Antonio Casas, Pedro Pérez, Antoñito Moure, Esteban Benítez, José Antonio González Leal?- no fue casposo recalcitrante ni tampoco novelero a la carta sino más bien acuñación de ambas caras de la moneda del dios romano del Janículo -el haz mirando hacia adelante y el envés con la vista proyectada en la idiosincrasia del pasado, o viceversa-. O sea: maridaje del peso de la tradición y las mieles de la modernidad.
Hoy es primer viernes de marzo y de nuevo la sonrisa serena de Paco Bazán te dice, en el idioma de la nostalgia, que la luminosidad de los seguidores de Cristo siempre prevalece por encima de los claroscuros de la enfermedad. Hoy es primer viernes de marzo y la cola de mujeres -reguero inquebrantable de una pureza que no decrece- revalida el sintagma nominal de la transmisión generacional del amor. Hoy Jerez se encuentra con el mismo Jerez, como un memorial de idiosincrasia propia. Hoy, primer viernes de marzo, han llegado temprano, a los bancos de San Lucas, Manuel Giménez Ortega, Diego Romero Fabieri, Paco Almagro Castro, Antonio Gutiérrez Gil… Sí, ellos nos demuestran que hay balcón más allá de las azoteas del barrio de San Mateo. Los cofrades muertos no cesan de enviarnos mensajes cifrados. Ellos se entienden con quienes desandamos el mundo de los vivos. La ciudad reescribe hoy el romance del beso sobre el talón de Jesucristo, esos pies que tallara Ramón Chaveli tomando como modelo a su vecino Diego García Rendón. El Señor Caído no es cedro ni gubia. Es Dios a nuestro alcance. Hoy es primer viernes de marzo: no dejemos de mirarle a los ojos…
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