Jerez íntimo

Marco Antonio Velo

marcoantoniovelo@gmail.com

¿Qué comíamos los jerezanos en la Navidad de antaño?

Los mantecados de Estepa y la cerveza San Miguel, dos clásicos en las cenas de Navidad.

Los mantecados de Estepa y la cerveza San Miguel, dos clásicos en las cenas de Navidad.

El paso y el peso del tiempo no es rémora, sino aprendizaje. Tendríamos que apelar al título de la canción ‘Cómo hemos cambiado’, de Presuntos implicados, o a las memorias de Adolfo Marsillach –‘¡Tan lejos, tan cerca!’- para aproximarnos, siquiera grosso modo, a cuanto podamos entender como un somero repaso de la evolución -nunca involución- del menú de Navidad durante los últimos 60 años en este país que llamamos España. Cómo comíamos y cómo comemos: léase: de la carestía a la abundancia. Hablamos de España, o sea Jerez. En los 60 la Navidad también protagonizó su propio desarrollismo en los domicilios de los jerezanos. No había marisco pero sí pollo asado: la estrella cimera que se disfrutaba a la manera del mejor manjar de entre los posibles. Ya casi todas las amas de casa contaban con la anhelada vajilla Duralex y con la olla exprés. Eran compañeras de mesa bebidas como Gaseosa ‘La Casera’, Andes –“la cerveza soberana”- o Skol –“El nuevo sabor de cerveza”- o cerveza ‘San Miguel’ -con su publicidad de la época: “Papá: ¡Es San Miguel! ¡La cerveza que te gusta!” o Cruzcampo: “Lleva a casa una bebida para todos. Su cerveza fina que siempre sienta bien. Cruzcampo tiene una botella especial que puede adquirir en cualquier establecimiento y así la puede tomar toda la familia”.

Por descontado tampoco faltaban el fino ‘Tío Pepe’, el coñac Centenario Terry, Ponche Soto o la Crema de Lima –“El licor de damas… que gusta a todo el mundo”-. La velada se remataba con una tacita de Nescafé – “Yo… Nescafé. Porque sólo con Nescafé puedo tener un café puro y siempre a mi gusto”-, el turrón “duro” -de Alicante- al peso y los “Exquisitos mantecados de Estepa” en caja de cartón de considerables dimensiones -y en cuyo interior también figuraba un almanaque ‘del año naciente’-. Años 70: Ya hay más congeladores en los hogares. Aparecen, de sopetón, los primeros productos congelados. El calor de los salones y las salitas ya se alían con el frío de los alimentos. La mesa da cobertura a la ternera. Algunas familias optan por el pescado sin espinas. El pan Bimbo toma mando en plaza. El entrante suele recaer en el consomé con fondo. La ensaladilla de nuestras madres copan y ocupan el centro del redondel. Ensaladilla con huevo duro, morrón y aceitunas “sin hueso”. Se incorporan el jamón serrano y la morcilla a los platos de chacinas. Las latas de avellanas gustaban sobremanera a los más pequeños.

A las bebidas se incorporan algunas posmodernas de cuando entonces: Bitter Kas, Pepsi-Cola y Mirinda. Para los adultos las cervezas y los vinos de la tierra siguen conservando su liderazgo. La Nochebuena, a veces, también peca de chovinismo. Todo entendible, en cualquier caso. Es la década fuerte -hace furor entre propios y extraños- del turrón de chocolate Suchard. Años 80: Se consolida la sociedad del bienestar. La holgura económica se nota y denota en las cenas navideñas. Irrumpen con fuerza el foie y el salmón ahumado. ¡Todo un lujazo estas novedades! Los miembros de la familia vuelven a casa por Navidad. ‘El lobo’ es un buen turrón. Las grandes superficies ya son una realidad expansiva. Y llegan -¡para quedarse!- los alimentos light. En la Nochebuena abunda el pavo, los huevos a la bechamel, los platos de gambas, la media noche de foie y mejillones, el jamón serrano “del bueno” y las latitas de berberechos.

Años 90: Muy tímidamente van apareciendo algunos microondas en las viviendas del vecindario. El runrún social impone la idealización del cuerpo esbelto. Crece la venta de precocinados y congelados. Un dato: en 1992 sólo el 12% de la población posee microondas. Con todo y con eso, los platos de langostinos ya son de uso común entre los comensales de una misma parentela. La Nochebuena apuesta por las banderillas toreras, por los huevos de codorniz, por los biscotes, las aceitunas rellenas de anchoa y, como entrante, el cóctel de marisco. En copas asimismo de cóctel o, en su defecto, de champán.

Años 2000 a 2023: Dos décadas en las que se han producido cambios vertiginosos en la alimentación. A pasos acelerados. A pasos de siete leguas. Se expanden las marcas blancas y crecen los congelados. Ya está a la venta la lechuga -de calidad- envasada. Se dedica más tiempo a la compra, para ahorrar. Aumenta la venta de productos elaborados y calentados en microondas. En los 2000 la globalización ya se había introducido -a la chita callando- en los supermercados. Eso sí: los productos que poníamos en nuestros platos aún provenían de un entorno más o menos cercano. Hablamos de los primeros años de la década del 2000. Hubo un riesgo de plastificar las cenas de Navidad que pronto fue enmendado porque, a pesar de los pesares, en estas fechas siempre se han comprado productos frescos. Durante algunos años se pagaron las consecuencias de la nueva era. Los 2000 arrancaron a bombo y platillo con el boom de los productos light, 0% o los desnatados. Mas tarde llegarían los enriquecidos con Omega 3, con calcio, etcétera.

Afortunadamente el siglo XXI ha regresado a la elección de una cocina de excelencias. Y la carne rellena de pasas o los solomillos a la pimienta -ya regados con los mejores vinos del entorno- de la Nochebuena pueden actualizarse con menús más elaborados como milhojas de variada creación o vieiras a la parrilla. Moraleja: el atracón poco importa: la esencia radica en la conjugación de comer siempre en familia y en alabanza, prez y honor de la celebración del nacimiento del Niño Dios. ¡Buen provecho -ya queda menos-, por tanto, para todos!

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