Un jerez de bodas de plata y oro

18 de octubre 2021 - 05:00

La realidad es más ancha que nosotros pero no así el amor (de pareja) tallado con fermentos de oro de ley. El amor puro es como la teología del sacramento de la sonrisa: constituye la cima de la expresión y del sentimiento del ser humano. Decía Martín Descalzo, aquel sacerdote-periodista con estilo afable y ritmo de diálisis, que “la gente que ama mucho sonríe fácilmente. Porque la sonrisa es, ante todo, una gran fidelidad interior a sí mismo. Un amargado jamás podrá sonreír. Menos un orgulloso”. ¡Vivan, pues, las risueños de condición y vade retro -lagarto, lagarto- para quienes sostienen el mohín del rictus tieso -desagradable- como la mojama pasada de rosca!

Para mí tengo que en la sonrisa intercambiada entre dos enamorados existe algo de parallax de Dios, por expresarlo en moderna técnica de diseño web. Esto es: una ilusión en 3D capaz de crear un efecto de profundidad que ayuda al usuario a sumergirse en su contenido. El amor puro repite y remacha el verso de Machado “la luna está vertiendo su clara luz en sueños que platea en las ventanas”. El amor puro es el milagro -exultante- cuya génesis y cuyo vértice jamás se engríe. El amor puro es sincronía a voluntad. El amor puro desconoce las excentridades del yo, el desvarío del narcisismo y la francachela de la autocomplacencia.

El amor puro es un in crescendo que se enriquece de matices al andar del tiempo. Jamás varía una espita de emoción entre dos enamorados hasta las trancas a medida que avanza el calendario de la vida -acaso tan sólo el color del cabello y el luminoso aumento de la familia como fruto de mofletes de nácar y algarabía juguetona que justifica y sustancia el sentido de nuestra existencia-. Nacemos para conjugar el verbo amar. No busquemos otras zarandajas en los teóricos cinco pies del gato. Quien no ama, yerra. Quien no ama, patina. Quien no ama es un nómada insurrecto en medio de la nada.

El amor contiene cuarto y mitad de metafísica y otro tanto de cancionero apócrifo. El platonismo sin teorías filosóficas. El amor no codicia sino la felicidad del otro: ese objetivo con sabor a peach Melba. La magia ingrávida de la certeza o el desconcierto. El fulgor de unos ojos que brillan. El amor, como la tos, no puede ocultarse (Ovidio dixit). El miedo que en el ínterin ya se esfuma. La presea de un jardín abrochado allí donde el vínculo es siempre interior. Besos que desgastan los labios… al alba.

Y en esta tesitura -¡surgir y fluir!- dos matrimonios jerezanos han celebrado sus bodas de plata -Eduardo Velo y Mari Carmen Herrera- y de oro -Agustín del Ojo Quintero y Rosario Sánchez Alcántara-. Ambos matrimonios cristalizan sus definiciones en títulos de películas como ‘Historia de lo nuestro’, ‘Cuando un hombre ama a una mujer’, ‘Cosas que nunca te dije’ o ‘Amor sin fin’. Los primeros, para conmemorar la ocasión, han tatareado la letra musical de Luis Eduardo Aute y reconvertirse en Gregory Peck y Audrey Hepburn: ‘Vacaciones en Roma’.

Los segundos han renovado sus votos matrimoniales en la misma parroquia de las Viñas donde cincuenta años antes “blanca y radiante fue la novia”. Ahora frente a sus siete nietos -dos de ellos ejerciendo de padrinos: Daniela (hija de Chely y Miguel Ángel Segura) y Juan (hijo de Inma y Juan Luis Rosa)-. Cuanto allí sucedió es de lenguaje de piel de gallina. Como bien dice mi amiga y hermana Rocío del Ojo Sánchez -¡gran consejera del Consejo de la Unión de Hermandades!- "mis padres mantienen un amor como pareja de los que, te juro, no se ven ya". ¡Enhorabuena a Eduardo, Mari Carmen, Rosario y Agustín, porque ellos han sido señalados antes y ahora con el signo favorable que cantara el poeta: "Me estás enseñando a amar./ Yo no sabía./ Amar es no pedir, es dar/ noche tras día!"

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