Jerez: Pepe el tapicero, Ezequiel Simancas, Matilde Longueira y Juan Pedro Santiago

José Martín Badillo a la derecha y Pedro González Calle en el centro, en una imagen de mediados de los 60.
José Martín Badillo a la derecha y Pedro González Calle en el centro, en una imagen de mediados de los 60.

02 de marzo 2026 - 03:30

Alfa: Cada calle jerezana exhala un -no siempre perceptible- aroma antiguo de nostalgia que por trechos regresa. Por ejemplo: si pasas por Valientes, con su sucesión de portalones sellados a cal y canto -y que antaño no fueron sino puertas abiertas a la luz y a la algarabía de trasiego de niños correteando el barrio de San Pedro-, enseguida identificas -como en un flashback de los sentidos, como un elíptico regreso a la niñez, como en la brusca percepción dividida del déjà vu- aquel olor -tan característico, tan penetrante- de la guarnicionería de Pepe el tapicero. Sí, José Martín Badillo, quien a mediados del siglo XX echó amarras en Jerez -ya para los restos, proveniente de la trianera calle San Jacinto, número ciento-. Aquella tapicería cuadrangular, profunda, como en escalas de sombras, sin más ventilación que la propia puerta de acceso, según el dictamen de penumbras impuesto por la ausencia de ventanas, el interior con perfiles de cacharrería, como en un desguace de piezas cuya argamasa siempre admitía el aserto cóncavo y convexo de la profesionalidad artesanal. Olor a cuero curtido, de aroma terroso. Olor a aceites de pie de buey y grasa de caballo. Olor a cera. Y a pegamentos. Personalmente lo asocio al olor de las tapicerías de los SEAT 600 de principios de los años 70, esto es: skay (polipiel), los materiales aislantes recalentados por el sol, la goma. Mi infancia también son recuerdos de la identidad olfativa…

Beta: No por una guarnicionería, pero sí por el metafórico taller de chapa y pintura anduvo días atrás el gran capataz de pasos -elegante en su saber, que al fin y al cabo es sapiencia- Ezequiel Simancas. Cuando la salud pinta bastos o la enfermedad arquea la ceja, Ezequiel persiste y prosigue fiel, impertérrito, a su inquebrantable Fe. Ezequiel no conoce las espaldas del miedo. Es hombre de Dios. Es discípulo del Señor. Y, tal así Jesucristo en su viacrucis, sabe portar con aceptación la cruz -la cotidiana y la sobrevenida-. Ha recibido infinidad de mensajes (hospital adentro, calle afuera). Pues por miles se multiplican quienes consideran a Ezequiel amigo de veras. Con su palabra suele repartir signos del Evangelio bajo el faldón. Obras son amores… Su hijo Manuel -como un seise de poemas de Aquilino Duque- sabe de qué hablo. Y yo, a más inri, me entiendo. ¡Mucha salud para ti, hermano! Idéntico deseo dedico a la buena señora Matilde Longueira, tras la satisfactoria reciente intervención quirúrgica a la que ha sido sometida. ¡Un abrazo para ella! ¡Y otro fortísimo para sus hijos Jesús, Nene, Mila y Carlos!

Gamma: Juan Pedro Santiago, menudo de cuerpo, ancho de sonrisa, ha llegado de nuevo, tras sus pasos de andarín pensativo, a la Capilla de los Desamparados. Para otra estación: ahora ya no de penitencia sino de Gloria definitiva. Ha cogido, en las postrimerías del mes de febrero, cirio en la mano derecha del último tramo de la cofradía de los fallecidos que nunca mueren. El diputado mayor de gobierno de las estancias celestes ha cantado su número de antigüedad. Y lo ha situado justamente precediendo a Luis Galván. Como aún no se han colocado los capirotes negros los cofrades de este último tramo, Juan Pedro reconoce a Manolo Piñero, a Silverio Cabrera, a Mariano Cross. De una fugaz ojeada comprueba cómo, silentes pero henchidos de felicidad, allí forman parejas PacoLucena y José Luis Larraondo, José María del Río Serrano y Manolo Porrúa, PacoNúñez y su tocayo Paco Coro. Manolín González y Domingo Andrades… Juan Pedro Santiago ha saludado al rubio Antonio Castro, el contraguía que despachaba en su propia droguería de la calle Prieta

La Hermandad de la Coronación despide gradualmente a sus clásicos. Con Juan Pedro Santiago se marcha una época posterior a la de Luis Galván. Antonio Machado, en su poemario ‘Nuevas canciones’, acuñó la frase ‘Hoy es siempre todavía’. Quizá por cuanta verdad sostiene esta aseveración tan machadiana, hoy veamos otra vez a Juan Pedro Santiago tomando posesión como miembro de Junta de Gobierno presidida por PacoHurtado o cobrando las postulas de los cirios de la candelería del paso de palio o echando un rato de categoría en ‘el mochuelo’. Juan Pedro Santiago jamás regateó el alcance de una sonrisa de bienvenida. Cuando llegabas a la capilla, te acogía con familiaridad. Mis condolencias a sus familiares, especialmente a su hijo Juanpe. En algún balcón de la memoria de la calle Arcos suena la marcha ‘Réquiem’…

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