LA TORRE DEL VIGÍA

Juan Manuel / Sainz Peña

Un juguete perro

Pues no, estas líneas no van dirigidas a ningún niño. Van dirigidas a ti, mascota recién llegada de Oriente o de la tienda de animales más cercana.

Imagino que habrás llegado en la mañana del 6 de enero entre vítores, caricias y algún beso. Te habrán metido, supongo, en una cajita de cartón, con un lazo, igualito, igualito que si fueras un peluche de esos que se pueden apagar cuando el niño o los papás se cansan de sus ladridos. Pero claro, quizá hayas tenido muy mala suerte y tu destino te haya llevado a casa de unos idiotas que pensaron precisamente eso: que eras igual que un peluche a pilas; que no te mearás en el pasillo o en la butaca del salón (nadie te habrá enseñado que no debes subirte ahí, pero luego te reñirán o te pegarán como si tú fueras el culpable de que no te hayan educado), que no te harás caca, que no te pondrás malito del estómago y tendrás diarrea que, probablemente, regará toda la casa con un olor muy poco agradable.

Tampoco habrán pensado, si no te han tocado unos amos responsables, que las vacunas cuestan dinero, que puedes quejarte si te duele algo. Que, tal vez, tengan que gastarse dinero en una operación o un tratamiento bastante simple. Desgraciadamente, es posible que olviden que tú, como ellos, necesitas de una caricia, de la compañía, del amor y del afecto que todos anhelamos. Ignorarán muchos de ellos que sientes tristeza al estar solo; que tendrás miedo; que te gustaría no recibir reproches cuando seas mayor, cuando la muda lo ponga todo perdido de pelos y la vejez te ciegue los ojitos y te agote el corazón -nunca la memoria.

Espero, perrito, gato o loro o lo que seas, que hayas caído en buenas manos. Que tus amos te adoren y te comprendan. Que entiendan lo que sientes, y que el cariño que tú das te sea devuelto multiplicado por mil. Si no es así, espero no verte dando vueltas por la carretera en verano, cuando el regalo que eres ahora no se convierta por culpa de la ignorancia y la estupidez humana, en un estorbo a punto de morir reventado en un arcén.

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