Alberto Núñez Seoane

La madre que la parió

Tierra de nadie

13 de junio 2022 - 07:55

HABRÁ que intentar buscarla, a la madre que la parió, porque la verdad está tan escondida que resulta muy difícil, y siempre complicado, encontrarla. Puede que, si damos con la una hallemos a la otra.

Los andaluces tenemos una cita, el próximo domingo, con “el golpe de Estado”. En democracia, el único modo de darle un golpe al Estado es en las urnas. Haciendo buen uso de la posibilidad que ellas nos ofrecen, podemos tumbar o reafirmar a quien nos ha gobernado, apostar al presente o regresar al pasado, jugar a esperanza o apostar a frustración, aplaudir el entuerto o confiar en la ilusión; y deberíamos hacerlo -votar-, teniendo, siempre, muy en cuenta los “hechos”, esos que nuestro refranero, con acierto, pone al lado de los amores, que no de las buenas razones. Palabras, promesas, propósitos… todo esto se lo lleva el viento de levante, y no queda ni rastro.

En buena lógica, desde la sensatez y el sentido común, no deberíamos votar, es mi opinión, por quien dice representar una ideología a la que nos sentimos próximos, si quien presume de defenderla no ha estado a la altura de las circunstancias ni ha cumplido con las expectativas ni ha mantenido una actitud coherente con ella. Más, hoy en día, cuando entre el “centro”, los que se sitúan a su derecha y los que se colocan a su izquierda, hay, a veces, tan sutiles discrepancias, que es menester apelar a un erudito para que nos explique quien es quien, no lo que parece o dice ser. Cuestión muy aparte son los extremismos -los de verdad, no los que dicen que son quien no le interesa que estén-, de cualesquiera que de ellos se trate e incluyendo nacionalistas y populistas de todo signo y condición, todos parientes próximos en la peligrosa familia exclusivista, demagoga y soberanista.

No alcanzo a comprender, salvo que la causa sea la incultura o la ignorancia, lo que llamo el “voto crónico”, ese que se mantiene por la supuesta fidelidad a unas doctrinas más próximas a la muerte que al final de su agonía, asfixiadas, tiempo ha, por cadenas tapizadas de moho, oxidadas por falta de uso, enterradas bajo incontables losas de vacío, tantas y tan huecas, que olvidaron el color del aire que prometieron respirar…

Tampoco dan mis cortas entendederas para asimilar como normal ese que califico de “voto patológico”, salvo que me pliegue, definitivamente, a la capitulación y termine por aceptar que las raíces del rencor o del odio son mucho más profundas que cualquier atisbo razonable de esperanza en lo mejor. Son los que votan a “éste”, aunque lo sepa malo, porque no mande aquel, aunque lo reconozca mejor… Es muy complejo superar semejante nivel de estupidez.

Están, sí y tambié, los que denomino “comensales”, divididos en dos categorías, aunque ambos unidos por su ilimitada capacidad de deglutir: los que “comen” en razón proporcional al voltaje del “enchufito” que consiguieron del político-señorito de turno, y los que tragan sólo en base a la cuantía de las subvenciones que captan del “chiringuito” al uso, ¡perdón!, quise decir: del curso de formación… Los unos están en política para vivir de ella, ni por ni para ella, no saben hacer otra cosa; los otros, sin estar en ella, viven, porque tampoco se dan trazas para nada más, también de ella. Sus votos están sujetos, lo estarán siempre por dependencia a su mezquina condición, al proveedor que mejor y más alimente su miserable apetito. Son deshechos, no sé si reciclables, pero en cualquier caso despreciables.

Les sugiero, me atrevo, incluso, a pedirles, que mediten y juzguen el color de su voto en función de los hechos, constatados y veraces, que se puedan atribuir, sin temor a yerro, a los que quieren que nos gobiernen; no permitan que sean cantos de sirena ni descalificaciones obscenas ni augurios de milagros imposibles ni palabrería hueca ni acusaciones dudosas ni temores infundados ni premoniciones temerarias ni soluciones inalcanzables ni groseras mentiras ni méritos robados ni confabulaciones ignominiosas ni falsedades enmascaradas ni supuestas defensas aseguradas ni castillos en el aire, arroyos sin cauce o aves sin alas, los que decanten, a uno u otro lado, el sentido de su decisión.

No es fácil, ya lo advertí, pero si buscamos a mamá -los hechos-, puede que nos acerquemos, al menos lo suficiente, a su primogénita: la verdad. Porque aquello de “mucho te quiero perrito, pero pan poquito” mejor lo olvidan

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