
La Rayuela
Lola Quero
Puente de plata a la privada
Propagandistas de la verdad
María, mi abuela materna, es una mujer grácil, aunque increíblemente fuerte, depositaria de una sabiduría de otros tiempos. A sus 87 años, sigue leyendo el periódico local a diario, desojándolo pacientemente durante un buen rato, sentada en la cocina mientras se toma un café. Todos en la familia recurrimos a ella cuando algo nos preocupa, sea un examen en la universidad, una dificultad matrimonial, un imprevisto en el trabajo. Y a todos, sin pensarlo demasiado, ofrece el mismo remedio, como si de una prescripción médica se tratara: “Reza un rosario al día, durante al menos una semana”.
Sara, mi amiga del colegio, dejó su trabajo para dedicarse a su auténtica vocación, el periodismo. Vive en Roma y escribe para una importante revista de tirada nacional. Tiene un pisito alquilado que ha decorado a su gusto y que comparte con Arturo, su perro. Me habla maravillas de su nuevo descubrimiento, la meditación oriental que, dice, le ha cambiado la vida. Al principio no le hice mucho caso, siempre ha sido un poco “hippie”, pero miro alrededor y me doy cuenta de que no es la única. No sé si es cosa de influencers, new age, o terapias alternativas, pero parece que la meditación está de moda.
Pregunto al oráculo Google y confirma mis sospechas: “La meditación, práctica ancestral basada en la atención plena, la respiración profunda y la relajación, ha recibido mucha atención en los últimos años por su potencial impacto en la salud mental”. Efectivamente, hoy la evidencia científica avala que esta práctica conlleva cambios en la actividad cerebral. Con tan solo quince o veinte minutos de meditación diaria, la atención mejora, la ansiedad disminuye, los pensamientos se despejan, aumenta la calma. Y estos efectos positivos se empiezan a notar en tan sólo cinco días.
Un momento. Meditar consiste en dejar a un lado los quehaceres diarios para dedicar tiempo a la interioridad, conectar con lo profundo, tranquilizar la mente ayudándose a veces de un mantra que se repite de forma cíclica. Se asemeja bastante a la práctica tan denostada por ser de “otros tiempos” de enlazar avemarías para conformar aquel “ramillete de rosas” que es el rosario, cuyo rezo dura precisamente quince o veinte minutos.
Quizás mi abuela no vaya muy desencaminada. Desde su sencilla pero profunda fe católica, conoce el poder sanador de la oración sin necesidad de estudios científicos que lo avalen. ¿Será que, como dijo Pablo VI, la Iglesia es “experta en humanidad”? ¿Será que buscamos en lo nuevo, en lo moderno, en lo importado (de la India o de Instagram) algo que ya tenemos en nuestra tradición y en nuestras raíces cristianas?
Sí, pero con una salvedad. Meditación y oración pueden parecerse en las formas, pero son muy diferentes en la sustancia. Meditar te conecta contigo mismo, te pone en el centro. Rezar, en cambio, es exponerte al calor del amor de Dios, es entrar en diálogo con una persona, Jesucristo, es petición, agradecimiento y adoración, y en el caso del rosario, es hacerlo de la mano de la Virgen María, protectora e intercesora.
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