HABLADURÍAS

Fernando Taboada

El método polaco

EL verano tiene esa particularidad. Hace que todo nos moleste entre quince y veinte veces más que en las épocas del año en las que suele ser costumbre ir por la vida con una bufanda y unos guantes de lana. Porque un atasco de tráfico con el día nublado saca de quicio a cualquiera. Pero ese mismo atasco, con los termómetros enloquecidos y rodeado por unos conductores que llevan las bermudas más espeluznantes del mercado internacional, es de esas situaciones que, si no fuera por lo perseguidos que están últimamente, nos moverían a cometer crímenes contra la Humanidad.

Si a los niveles de estrés que habitualmente se alcanzan a estas alturas del calendario por razones puramente meteorológicas sumamos que el verano de 2009, en lo económico, se presenta más al rojo vivo que nunca y que un buen número de familias ya tiene el agua al cuello sin necesidad de zambullirse en la piscina, entenderemos que el país no esté para demasiadas bromas y que la mitad de la población esté a punto de agarrar por el pescuezo a la otra mitad.

Afortunadamente hay tantas formas de padecer tensiones como de sacudírselas, y para demostrarlo hay un par de jóvenes polacos que han abierto en Valencia un negocio a todas luces revolucionario. Ni que decir tiene que se trata de un bar. Pero no de un bar corriente, sino de un bar donde todas esas personas que tienen los nervios de punta pueden acudir a desahogarse del estrés acumulado por culpa de la crisis. En cuanto a decoración no presenta ninguna peculiaridad. Ni tiene cojines para sentarse por los suelos ni sus paredes están pintadas en tonos pastel. Tampoco se han especializado en infusiones orientales y demás productos laxantes. Del grifo de la cerveza, por raro que resulte, no sale otro cosa que no sea cerveza bien fresca. Y tampoco se brindan los servicios de una cuadrilla de masajistas con habilidades para aliviar a la clientela más ardiente. La única novedad que ofrece este establecimiento frente a otros de la competencia es que, mientras en el resto se exige cierta compostura a la parroquia, en el local regentado por estos chicos recién llegados de Polonia las tensiones se liberan insultando a los camareros. El que acabe de recibir una carta de despido y no sepa cómo desquitarse, ya no tendrá que liarse a palos con el jefe (lo cual, además de peligroso, está tipificado como delito.) Ahora sólo tendrá que entrar en este local, pedir el aperitivo y pagar sus frustraciones poniendo verde al chico que le atienda. Siempre desde el respeto -pues no olvidemos que se trata de profesionales- podrá soltarle, por el precio de la consumición, todas las lindezas que se le ocurran, mandarlo a tomar viento (o si prefiere, incluso a sitios más lejanos) y decirle a la cara las barbaridades que no se atrevería a decir a otros. ¿Y saben ustedes una cosa? Desde que abrió sus puertas este insultódromo, el negocio va viento en popa. Pues aún habrá quien piense que no vivimos en un país civilizado.

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