Envío
Rafael Sánchez Saus
Venezuela y la lección de Irak
El Evangelio de San Mateo lo cuenta con esa prosa minimalista que precede en dos mil años a la prosa descarnada de Raymond Carver: “Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes de oro, incienso y mirra”. Pocas historias podrán competir con la historia de los Magos de Oriente a la hora de hechizar el imaginario de los seres humanos. El largo viaje, la expedición guiada por una estrella misteriosa, la búsqueda de un niño desconocido y al final el encuentro en un pesebre rodeado de pastores. Quien ideó ese mito es uno de los más grandes narradores de la historia. Pero ¿qué significaba todo eso? ¿Qué función tenían el oro, el incienso y la mirra? Los comentaristas bíblicos dicen que el oro simbolizaba –por razones obvias– el poder terrenal que los reyes le entregaban a Jesús, mientras que el incienso representaba el poder divino, ya que era un producto muy raro y escaso que se usaba en los templos para honrar a los dioses. Pero ¿y la mirra? ¿Qué era la mirra? Cualquiera que recuerde ese pasaje del Evangelio tendrá que reconocer que nunca supo qué era la mirra ni qué pintaba en la historia de los Magos. Pues bien, la mirra era una resina aromática que se usaba para embalsamar a los muertos. Y en el relato de los Magos, la mirra anunciaba que Jesús iba a sufrir el martirio pero luego iba a resistir a la muerte gracias a la resurrección. La mirra era una especie de profecía, un anuncio, una anticipación.
Me pregunto qué nos estará anunciando la mirra en este año que acaba de empezar y que de momento nos ha desconcertado a todos. Todos fingimos que entendemos lo que está pasando y que tenemos una clave para explicarlo, pero la verdad es que no sabemos nada. Y si alguien cree saberlo o nos dice que lo sabe, lo más probable es que nos esté engañando con sus dones de oro, incienso y mirra comprados en un bazar chino. No sabemos ni cuál es el nuevo orden mundial que parece haber empezado ni en qué va a consistir ni qué consecuencias tendrá. Si acaso, sólo podemos estar seguros de una cosa: al revés de lo que ocurrió en la historia de los Magos, ahora serán los pobres y los pastores y los niños perdidos –con la depauperada clase media– quienes tengan que entregar como puedan el oro, el incienso y la mirra.
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