la columna

Pedro Sevilla Gómez /

Los móviles

MI abuelo Antonio trabajaba en la "Compañía Sevillana de Electricidad", conocida en mi casa como "La Sevillana", y la empresa nos instaló un teléfono para poder avisarle de las averías en los postes eléctricos de Bornos, Villamartín y otros pueblos cercanos. El teléfono era un armatoste negro que a veces sonaba en las madrugadas y que mi abuelo atendía respetuosamente, aunque en calzoncillos. Quizás por eso, yo he otorgado siempre al teléfono, a los teléfonos, un rango de seriedad y de circunspección que la llegada de los móviles ha arruinado. Antes un teléfono era para cosas graves, para avisar de una muerte o para anunciar el nacimiento de un niño. La palabra "conferencia", conferencia telefónica, era sagrada como bautismo, o defunción. Se hablaba a distancia, pero todo era privado, respetuoso, misterioso. Hoy no. Hoy se habla por teléfono de todo, y en cualquier sitio. Voy el otro día al médico y en la sala de espera le suena el móvil a una zagala de unos dieciocho años. Como sólo podía oírla a ella, tengo que inventarme las palabras de su interlocutora, pero no hay que ser un lince para montar el diálogo: "Ah, quilla, qué pasa".- "¿Dónde estás?".- "Estoy en el ambulatorio, tía, con unas cagaleras que te cagas. Estoy desde ayer hecha polvo".-" Ja, ja, ja, y no tomas nada".- "Qué va. Mi madre me ha hecho un arroz asqueroso y poco más.".- A estas alturas podrán ustedes decirme que por qué no me levanté y me retiré para respetar su privacidad. Pues no me levanté porque creo que era ella quien debía preservar su intimidad y no hacernos partícipes, a los demás dolientes, de su quebradero intestinal. En fin, que la conversación continuó, ya sobre asuntos intrascendentes, sin que la chiquilla bajara la voz o se alejase un poco, así que nos hizo conocedores de sus proyectos para la próxima Feria del pueblo, y alabó públicamente a su Instituto, que se había enrollado y había decidido no dar clases el viernes de Feria, aunque no era fiesta local. Como llegó mi turno me perdí el final de la conversación, pero estuve todo el día con una sensación de profanador involuntario. Por culpa del teléfono, y de la indiscreción de la zagala, claro está, me había enterado de cosas que no tengo derecho a saber. Desde aquí, en mi descargo, expreso mis más sinceros deseos de que se le haya restablecido la normal función excretora y que haya disfrutado mucho en la Feria de San Miguel, que por cierto ha estado pasada por agua.

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