Enrique / García-Máiquez

Dos noticias inglesas

De todo un poco

05 de agosto 2013 - 01:00

DEJEMOS el peñazo de Gibraltar, que es la china en el zapato de nuestras relaciones bilaterales. Los ingleses defienden lo suyo propio -expropiado- y nosotros un mínimo de dignidad. Estando clara la razón nuestra, aunque implica darse de cabezazos contra una roca, pasemos a asuntos más felices que también nos llegan de la isla.

El Banco de Inglaterra ha decidido poner en los billetes de diez libras el retrato de Jane Austen. Con su perspicacia habitual, Pilar Vera sugirió que la idea parecería de perlas a la novelista. Sus historias serán muy románticas, sí, pero en ellas queda bien clara la importancia del dinero contante y sonante. ¿De qué habla más Jane Austen, o de sentimientos y noviazgos o de dotes y patrimonios? Yo creo que empata.

Para remate justiciero, sustituye a Charles Darwin. No me digan que no es una metáfora exacta de la selección natural. La literatura se adapta mejor al paso de los siglos que la ciencia, que por su propia naturaleza resulta constantemente superada por teorías posteriores más ajustadas. A Darwin siempre le quedarán, al menos, las etiquetas de Anís el Mono.

La otra feliz noticia es que el Obispo de Northampton, según nos informa Dale Ahlquist, ha dado los primeros pasos para abrir la causa de canonización de Gilbert Keith Chesterton. A primera vista, el gran inglés no da el perfil típico de santo y se sale por todos los bordes del cromo piadoso. Aficionado al vino y a la cerveza, a las que cantó y noveló, comilón, bromista, satírico cuando tocaba -que era a menudo-, fustigador de los vicios modernos, polemista incansable, juguetón, juerguista, jovial y juglar. A su mujer le dio días de gloria; pero ni eso, ni el hecho doloroso de no tener hijos, debilitó el dulce amor mutuo. Echó media vida en convertirse al catolicismo, aunque lo defendía a capa y espada desde veinte años antes. Muchos se han convertido leyéndole, ha sostenido a muchos más en la fe y cuántas felicidades sin cuento encontramos todos en su obra. "Bomba benéfica", lo retrató Dorothy L. Sayers, porque es, paradoja él mismo, tan explosivo como benigno, talmente una piñata.

Los debates de la causa van a ser, pues, apasionantes. Si lo defiende una pluma ingeniosa como la suya y el abogado del diablo es un puritano afilado como Shaw, las actas resultarán memorables. Ascendido a los altares o no, desde el Cielo, san Chesterton las hojeará, divertido.

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