Yo te digo mi verdad
Manuel Muñoz Fossati
Viva España, coño
Aveces, demasiadas últimamente, deseo ser como esas personas que no tienen dudas, que ejecutan sus acciones de una manera que ellos mismos llaman desacomplejada, que viven y duermen con espíritu conquistador, y que son el ejemplo superlativo de asertividad. Afortunadamente, el deseo se me va en seguida, mi cuerpo no es capaz de soportar demasiado tiempo ese impulso. Cosas que se traen de nacimiento.
Pensaba esto mientras oía alguno de los audios desclasificados pertenecientes a los considerados ‘papeles del 23-F’, esos gritos de ánimo que se intercambian algunos de los autores del golpe de Estado fallido, henchidos de convicción, inflados de sentimiento de estar en la única verdad posible, de ser portadores y defensores de la sola y revelada identidad de España, que lo justificaría todo. En un momento dado, estos fantoches recurren, como afirmación de sus vivas a la patria, a un latiguillo muy usado por los de su condición: la apelación a los genitales. Y así, la conversación aparece salpicada de numerosos ‘¡cojones!’ y ‘¡coño!’. Un hábito tal vez heredado de los romanos, que acostumbraban a poner sus atributos como testigos de lo que decían, lo cual derivó en que los llamáramos ‘testículos’.
Eso de nombrar o tocarse las partes es, pues, muy de este tipo de autodesignados patriotas. Si bien esta costumbre revela su convicción, pone más bien en duda su ilustración o que no tuvieron unos padres como el mío, pobre pero entusiasta de la educación, que hervía de enfado cada vez que escuchaba lo que entonces llamábamos ‘picardías’ y que nunca entendió que su hombría dependiera de las veces que esas ordinarieces salieran de su boca.
El matonismo, en cambio, bebe de esas fuentes de lo soez y prepotente, se crece con el grito y se contagia con los insultos. Como hombre, lamento decir que también se nutre de las leyendas más negras sobre la virilidad, y solo hay que ver y oír al que es ahora universalmente el mayor exponente de ese espécimen, el presidente norteamericano Donald Trump, feliz con sus disparos como un cowboy borracho y con sus amenazas repartidas sobre todo a siniestra.
El mundo sigue gobernado, desgraciadamente, por machos desatados a uno y otro bando, y al otro también. En el caso del mandatario estadounidense, presume de lo que quizá carezca, pero tiene a su disposición un enorme arsenal de extensiones de su virilidad proclamada, como muchos otros falsos encarnadores de la hombría han necesitado siempre de la prolongación artificial que representa un cañón.
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