La columna

Luisa Fernanda Cuéllar

Como en la novela

El otro día fui al cine a ver Los Miserables, obra que leí con fruición en la pubertad. Recordé con nostalgia el día que vi este musical en Broadway. Lleno de magia. De arte. De talento. De algo tan sublime que me pedía volver a disfrutarlo. Ahora, en la pantalla, me he emocionado de nuevo. La historia que escribió Víctor Hugo es la que nos encontramos a diario. El bien y el mal, enfrentándose, mirándose a los ojos, retándose, midiendo fuerzas. El amor y el odio conviviendo, buscando cada uno su propio sitio, el primero ensanchando los corazones y el segundo envileciendo las almas. Las emociones se adueñan de unos personajes a quienes les podríamos poner nombres y apellidos. Los conocemos. Nos cruzamos con ellos por las calles. Percibimos sus noblezas y sus infamias. Pero nosotros somos también actores de historias reales y nos aventuramos en el mar de las pasiones humanas. Podemos ser Jean Valjean o Javert. Fantine o Thenardier. Cosette o Éponine. Marius o Gavroche. Porque las injusticias, el abuso y la indefensión siguen siendo, como en la novela, el telón de fondo que nos rodea. Ahí está el hombre con sus miserias. Con sus dudas. Con sus anhelos. Con todo lo que lo convierte en persona o lo hunde en la indignidad. Honorables y despreciables deambulan a sus anchas por la novela como lo hacen ahora. Porque el ser humano es idéntico. Basta con asomarnos dentro de nosotros mismos para reconocernos en cualquiera de sus personajes. Sin embargo, triunfa el bien. Jean Valjean corre a salvar al hombre que han confundido con él y se pregunta cantando Who I am?, para declarar frente a la corte I am Jean Valjean. También triunfa el amor que siente por Cosette y salva a Marius, de quien ella se ha enamorado. Al final nuestro héroe muere. Se va en paz, con el corazón lleno de amor. Con los deberes cumplidos. Con la esperanza en un Dios que le espera. Como lo hace cualquier hombre bueno, cualquier hombre justo.

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