HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano /

Los patriotismos

La edad dorada de los patriotas fue el siglo XIX. Entre las malas modas románticas están los nacionalismos, un sentimiento natural degradado a sentimentalismo político. Venían de la Revolución Francesa y tenían su razón de ser y sus bases históricas reales, sobre todo en Europa occidental, donde la conciencia de ser francés, por ser borgoñón, o español, por ser aragonés, se forma durante la Edad Media y estaba muy arraigada desde el siglo XV. Los revolucionarios de la primera izquierda conocida del mundo crean la modernidad del Estado-nación, imitado por todos los izquierdistas del mundo, cuando todavía se llamaban liberales, y cuyas gestas fueron representadas amablemente por la pintura histórica. Los museos están llenos de generales idealizados con sus rizos al viento, arengando a los elegantes y jóvenes soldados que lo miran con arrobo o dirigiendo a un pueblo dignísimo. Para que el patriotismo se despertara como sentir primitivo, debía existir primero un nacionalismo, no necesariamente una nación, y esto era, y es, una cuestión de ingeniería política.

Teniendo en cuenta que a las naciones las hace Dios y el tiempo, nunca se había visto tal trajín divino. En cuanto al tiempo, la revolución industrial había establecido una dimensión distinta de él. El patriotismo quiso ser la expresión popular de una aspiración política basada en el sentimiento territorial humano, que es natural. La nación romántica más conseguida y admirable es Estados Unidos que, sin nombre propio, ni unidad histórica ni leyendas fundacionales bíblicas, pero curada de las neurosis nacionalistas europeas, es hoy el espejo en el que deben mirarse todas las naciones con posibilidades de serlo. Los patriotismos nacionalistas en Europa son catetos por necesidad: Nadie puede ir por el mundo haciendo bandera patriótica de ser bretón, vasco o galés sin hacer el ridículo. Es verdad que hay razones históricas de peso, como en los casos de Francia y España, para la existencia de naciones indiscutibles, pero su patriotismo no puede ser político, ni pequeños sus objetivos, porque, entonces, lo bueno de una nación se diluye y lo malo se concentra.

El patriotismo popular no está considerado elegante ni inteligente. Su origen está en lo que hemos repetido aquí en otras ocasiones: la verdadera patria de un hombre es su infancia. Aunque habrá quien lo dude, no debemos discutir con inferiores: no hay infancias nacionales ni patrióticas, su universalidad es que la patria es la infancia misma: una casa, un paisaje, un campo, un pueblo, la calle de una ciudad y un grupo de personas conocidas por sus caras, voces y nombres. La infancia se pierde, no la nostalgia de la patria ideal. Hay quien trasplanta el sentimiento de pérdida a una patria legendaria, pero esto ya es pura melancolía política, una enfermedad que no se cura ni viajando.

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