Tierra de nadie
Alberto Nuñez Seoane
Pedacitos de realidad
Lo habitual es que no echemos cuenta de la realidad. La asimilamos a la propia vida, a lo que nos ocurre cada día. Realidad -asumimos- es la acera por la que caminamos, las gentes con las que nos cruzamos, el conocido con el que charlamos en el bar, el libro que leemos, la comida que tomamos… La realidad entonces es -por expresarlo así- algo pasivo, algo en lo que estamos porque no hay otra posibilidad. Y sin embargo, nada más lejos de la realidad -valga la paradoja-.
Es cierto que si no pensamos sobre ello, sobre lo que acabamos de escribir, las cosas -o sea, la vida- termina por ser lo que nos parece que es. La vivimos, a pesar de que, de modo instintivo creamos que no, de manera pasiva: estamos donde estamos, somos lo que nos parece que somos y actuamos conforme a la circunstancia que nos condiciona, no obstante, aunque estemos convencidos de que lo hacemos como queremos hacerlo, no es así. Para que esto fuese de este modo, sería necesario que fuéramos nosotros los que diseñáramos la realidad en la que vivimos, cuando lo habitual es que permitamos que sea la realidad que nos llega la que marque el modo en el que la vivimos.
Es un asunto, como pueden imaginar, de mucha enjundia. Harían falta extensos tratados -que los hay- para reflexionar y discutir sobre la cuestión que, por motivos evidentes, no vamos a hacer en este coroto artículo. Pero si daremos unas pinceladas para invitar, a quien se pare a pensar, a ir más allá y meditar sobre las tantas cosas que no son como nos parece que son, entre ellas la realidad que vivimos. Vamos a ello.
Sólo imaginen las cosas que dejamos de decir, no de modo consciente, sino por cualquier involuntario motivo que las haga quedar sin ser dichas. Supongan, por ejemplo, que están asomados a la ventana de su casa y son testigos de un golpetazo entre dos vehículos. De inmediato piensan en llamar a la persona con la que viven para decirle lo que acaban de presenciar. Pero antes de que puedan llamarla: ¡ven, mira lo que ha pasado!, suena el timbre del portal, acuden al telefonillo, responden a la llamada: es para la entrega de un paquete que llevan tiempo esperando. Esperan a que el repartidor suba hasta su puerta, llama, le abren, recogen el envío, dan una propina y van luego los dos al salón parar abrirlo y disfrutar de lo que habían pedido y aguardaban. El golpe entre los dos coches quedó silenciado. Es posible que vuelva luego a protagonizar la realidad, o que quede guardado en la memoria para otra ocasión o que ni siquiera llegue a ser comentado. Sin embargo, si hubiese dejado el paquete apartado y hubiese comentado lo que vio desde la ventana, la realidad que hubiesen los dos vivido habría sido otra distinta a la que fue, y además, aunque más tarde o un día después, lo recuerden y lo comenten, las circunstancias serán ya otras y en absoluto será como hubiera sido si lo hubiesen hablado entonces.
Se trata sólo de un ejemplo sin importancia. Pero piensen ahora en otras situaciones en las que lo que hemos dejado sin decir -que no tiene por qué ser lo mismo que lo que no hemos querido decir- si conlleva la trascendencia suficiente como para cambiar la vida de las personas: si fulano hubiera estado allí habría sabido que fuiste tú quien le engaño…, si mengana me hubiese escuchado sabría que su marido la traicionó… Seguro que, si es lo que hubiésemos pretendido, podríamos haber hecho que mengana y fulano supieran lo que no llegaron a saber, no obstante, por una razón u otra, no por la voluntad expresa de ocultárselo, no llegamos a compartirles lo que conocíamos. Esto, para bien o para mal -no importa esto ahora- cambió la realidad en la que uno y la otra vivieron, y con ella sus vidas.
Pues esto mismo ocurre, diríamos que casi todos los días, con las cosas que pensamos y las que dejamos de pensar, con las que, puede que como consecuencia de lo anterior, hacemos o no hacemos: en un caso u otro nuestra realidad será diferente a la que hubiera sido.
Lo que pretendemos decir es que tenemos, siempre, la posibilidad de asumir o modificar, aceptar o cambiar, la realidad en la que nuestra vida será. Podemos afirmar la negación o negar la afirmación, o no hacer ni una cosa ni otra: casi nada está escrito, es perfectamente posible vivir la vida conforme a la realidad que contribuyamos a construir. No importa lo insignificante que pueda parecer la decisión: los pedacitos de realidad, por pequeños que sean, pueden hacer una realidad completa.
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