Envío
Rafael Sánchez Saus
Venezuela y la lección de Irak
Comenzar el año es lanzar la mirada hacia la luz, abrir una ventana y viajar hacia un futurible maravilloso ¿Quién no ha hecho ese viaje de ilusión? Enero, tan helado, tiene en sí todo el calor del verano y lleva dentro la primavera. No quiero que el presente caduco me ancle en el pasado; en todo caso, que sirva de apoyo, como un tronco añoso que me sostiene.
Traemos en la mochila el deseo inapelable de llegar a algún sitio, quizá el viaje hacia uno mismo, como el que no ha terminado de engendrarse todavía. Si algo tengo claro, más allá de la mermelada sentimental que hemos vivido en navidad, es que hay que seguir luchando con razón y esperanza para que el tiempo presente no nos encierre en la desidia y el catastrofismo. Hemos iniciado el año con noticias políticas controvertidas, con sueldos bajos y deudas inacabables, más de lo mismo que nos hunden en la depresión de la cuesta de enero.
La cuenta de resultados produce más rabia que satisfacción y la prospectiva se parece más a un túnel oscuro que a un radiante amanecer ¿Qué nos espera? ¿Tenemos razones para seguir adelante y motivos para comprometernos? ¿Qué sacrificios tengo que hacer? ¿Qué espera la juventud de nosotros? ¿Qué talla damos?
Las generaciones venideras esperan algo más que la culpa de haber venido al mundo. Aquí estamos todos, en el mismo barco, juguetes rotos incluidos, narcisistas y altruistas, empresarios y vagos, listos y tontos, todos con miedo, todos ante el desafío de la realidad. Es invierno, hace frío y necesitamos criterios objetivos para salir del tedio paralizante. Creo, no obstante, en la fuerza que surge del interior del ser humano, porque somos hambrientos desde el fondo de nuestro vacío, porque, al decir de los buenos filósofos de la existencia, llevamos la enfermedad del infinito y se nos juntan el deseo con la decepción ¡qué le vamos a hacer! Quizá el hambre es una luz que nos guía, acaso sea la sed la que mejor alumbre la noche y nosotros una cabalgadura entre lo que se espera y lo real (¡ay! tan lleno de sufrimiento!).
Sigue habiendo estancias lúgubres en las que cuesta entrar la luz, pero hay que seguir esperando. Me decía un preso que en la cárcel siempre quieres que sea mañana, que pase la vida, pero, sobre todo, que alguien te siga queriendo. Aquí estamos para querernos, para sospechar un alba discreta, sin miedo a hacerle daño a nadie, sin miedo a que la pobre candela que nos alumbra se apague. No se trata de un optimismo estúpido, sino fundado en quien nos sostiene en medio de esta gran ola de nada en la que vamos subidos.
Estamos llamados, pues, a combatir la vida, afrontar el destino adverso, a luchar con uno mismo, con el ideal y, si se tercia, con lo imposible. Hemos aprendido que hay pocos asideros estables, que el miedo nos cerca gran parte de la vida y que los humos de grandeza no sirven para nada, que la voluntad es frágil y quebradiza, y que incluso con las ideas claras no podemos evitar el daño; pero no todo puede ir mal, ni este es el peor momento de la historia, ni somos peores que nuestros ancestros.
Hay razones para seguir confiando, emociones para no ahogarnos en el naufragio de la vida. Hay razones para seguir labrando la tierra, motivos para esperar lo inesperado, para esperar contra toda esperanza y seguir creyendo con la misma ingenuidad con la que hemos llegado hasta aquí. Nada de claudicar. Toma el año entre tus brazos, lo mismo que haces con un niño, y hazle muecas y tonterías hasta que dibuje una sonrisa, hasta que rías con él, babees con él y arrastres a cuatro patas tu reúma por los suelos. Vuelve a gatear por la alfombra de tu casa hasta balbucir la palabra imprescindible que te abandonó cuando creciste. Líbrate de los prejuicios que te culpabilizaron, de los miedos que te ataron, de la extraña porquería que te cubrió durante tantos años, y vuela por el amplio cielo de la libertad conculcada.
Después de todo ¿qué tienes que perder? Bastantes sacrificios expiatorios has hecho. Rompe el temor a seguir avanzando por el inasible espacio de la esperanza, la tuya, la mía, la de todos…hasta romper los barrotes de las falsas costumbres que nos cercan. Ánimo, hombre, no tengas miedo, no todo puede ir mal ¿Y si lo fuera? ¿qué?... Volver a zarpar hasta encontrar la presencia que necesites, para no perder la razón, para no disipar la esperanza.
Ningún acontecimiento es más grande que tú, ninguna idea supera a tu persona, ninguna veleidad puede derrumbar el cimiento añoso de lo que eres. No tenemos seguridad de cuál va a ser el futuro, no somos adivinos; en todo caso los echadores de cartas sólo adivinan el pasado. Nosotros estamos abiertos a la imprevisibilidad de los días, al reto del porvenir y a nuestras manos, al trabajo que las encalla y al presente que las trasforma. Nada más. Queremos saber a qué atenernos, pero sin el optimismo de quimera (lleno de morgues como en la pandemia), sin el optimismo de película, que insulte a la razón, sin el optimismo de la falsa voluntad creyendo que todo lo puede… No por ello estaremos matando la esperanza.
Tenemos el cimiento del ahora para no destruir el futuro, porque salga como salga tendrá sentido. Esta es la certeza de nuestra esperanza: seguir, seguir, no claudicar al desánimo de lo evidente y apostar por quien sabemos que sostiene la razón de cuanto hacemos. Hay futuro a pesar del frío, hay primavera sembrada en las entrañas de enero, hay verdad en quien lucha contra la injusticia, hay razón en quien la pierde por tenerla. La esperanza es tener el presente muy presente para que pueda desafiar al futuro.
Toma a enero entre los brazos y acúnalo como a ese niño que ha de crecer hasta hacerse grande, grande y poderoso. Tenemos, pues, una semilla de esperanza entre las manos.
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