Tierra de nadie
Alberto Nuñez Seoane
Esclavos de hoy
Aunque no son auténticos Quercus alba sino híbridos muy similares, estos 'robles americanos' deberían llamarse “nobles”, en lugar de “robles”, porque no solo aportaron carácter y aromas increíbles a vainilla, a clavo y a un montón de especias coloniales a nuestros maravillosos vinos jerezanos, sino que forman parte de su extraordinaria historia, porque sus maderas, una vez secadas y formadas como botas, fueron vitales para que pudieran viajar y alegrar los corazones de medio mundo.
Alguien, quizá un bodeguero exquisito o un tonelero que moldeaba las duelas de estos majestuosos robles para producir botas y bocoyes, los importó tal vez de Minnesota, Texas o de la mismísima Florida y los regaló al Zoobotánico de Jerez y hace por lo menos cien años, que es la edad mínima que tienen los dos bonitos ejemplares que allí envejecen, más altos que varias jirafas juntas y entre rugidos de leones y el graznido machacón de los gansos cercanos.
Uno de ellos, el que aparece imponente en la foto de Antonio Galiano, una verdadera mole, nos regala su sombra en los veranos y ahora, cerca ya del otoño, cuando dejará caer sus hojas, puede admirarse mientras soñamos con su bonita historia jerezana y saboreamos una buena copa de Amontillado, con recuerdos a eso, a roble viejo.
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