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Aunque no son auténticos Quercus alba sino híbridos muy similares, estos 'robles americanos' deberían llamarse “nobles”, en lugar de “robles”, porque no solo aportaron carácter y aromas increíbles a vainilla, a clavo y a un montón de especias coloniales a nuestros maravillosos vinos jerezanos, sino que forman parte de su extraordinaria historia, porque sus maderas, una vez secadas y formadas como botas, fueron vitales para que pudieran viajar y alegrar los corazones de medio mundo.
Alguien, quizá un bodeguero exquisito o un tonelero que moldeaba las duelas de estos majestuosos robles para producir botas y bocoyes, los importó tal vez de Minnesota, Texas o de la mismísima Florida y los regaló al Zoobotánico de Jerez y hace por lo menos cien años, que es la edad mínima que tienen los dos bonitos ejemplares que allí envejecen, más altos que varias jirafas juntas y entre rugidos de leones y el graznido machacón de los gansos cercanos.
Uno de ellos, el que aparece imponente en la foto de Antonio Galiano, una verdadera mole, nos regala su sombra en los veranos y ahora, cerca ya del otoño, cuando dejará caer sus hojas, puede admirarse mientras soñamos con su bonita historia jerezana y saboreamos una buena copa de Amontillado, con recuerdos a eso, a roble viejo.
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