Cada cual aprovecha el tiempo libre en la medida de sus posibilidades. Por eso en agosto, mientras unos tomaban el sol sin fastidiar a nadie, otros estaban maquinando la manera más eficaz de asesinar veraneantes en nombre de Alá. Y como el calor aplatana, aunque no hasta el punto de limar asperezas entre los que se la tienen jurada por esa pejiguera del separatismo, algunos también aprovecharon los salvajes atentados en Barcelona y Cambrils para pegarle duro al de enfrente.

Unos aprovecharon para arremeter contra las políticas independentistas catalanas, acusándolas de negligentes cuando no habían terminado aún de retirar los cadáveres de las Ramblas; sin que ello impidiera que los otros, con el susto aún metido en el cuerpo, desplegaran las banderas del independentismo para no desperdiciar una estupenda ocasión de hacer campaña, ahora que todo el mundo está mirando.

Sin embargo, por mucho que se les haya criticado, no veo oportunismo alguno en los independentistas de Cataluña que aprovecharon las manifestaciones de duelo para hacer ondear las esteladas. Y no veo oportunismo porque un nacionalista no puede dejar de serlo así por las buenas, como el que se quita el gorro antes de dar un pésame.

A alguien que desde muy temprano ya se despereza nacionalista a más no poder, que hace su enjuague bucal como sólo un nacionalista sabe hacerlo, y que hasta en el modo de untarse el tomate para desayunar está dejando patente que no existe el nacionalismo a tiempo parcial, ¿cómo vamos a pedirle que aparque sus dogmas y se olvide por un rato de lo que da sentido a su existencia?

¿Le pediría usted a un mormón que por una vez se quitara la corbata, se encendiera un puro y se bebiera litro y medio de calimocho? No, ¿verdad? ¿Y a que tampoco invitaría a un judío a comer manitas de cerdo, que hay un sitio aquí al lado donde las hacen riquísimas? Pues con el nacionalismo pasa algo parecido. Se vive sin tregua veinticuatro horas al día.

Y es que los nacionalismos, como cualquier otra religión, tienen sus mandamientos y sus vírgenes, sus apariciones en las grutas y unos santos mártires, para que nada falte. Y no solo cuentan con un pueblo elegido y con su correspondiente Tierra Prometida, sino que tienen una misión que cumplir en este mundo plagado de amenazas y de ateos.

Intentar comprender las razones de los terroristas islámicos es algo que ni me planteo, ya que me parece imposible penetrar la mente de quienes jamás entenderían nuestros chistes ni disfrutarían en nuestros bares, y que ni siquiera pisarían un museo de pintura si no fuera para hacerlo volar por los aires.

Pero sí que puedo hacer la prueba y meterme en el pellejo de los que se aferran a sus banderas como el niño que se agarra al osito de peluche y no lo suelta ni para comer ni para ir al entierro del abuelo porque le podría dar un síncope. Puedo intentarlo, sí, pero otro día. Da un poco de claustrofobia.

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