Aún con toda la ilusión por escribir esta última columna, me veo ante la página en blanco y siento que me queda poco por decir.

Quien esté familiarizado con el arte contemporáneo me podrá entender si digo que no hay nada más sublime que llegar a comprender el blanco sobre blanco al que llegó Kandinsky. Ese blanco impoluto se equipararía en la escritura y en el habla al SILENCIO. No hay nada más bello que el silencio.

Cómo cambiaría el mundo si se practicasen unos pocos minutos al día sin hablar, en todas sus declinaciones, de la charla a la crítica. Instantes limpios y purificantes ante la avalancha de impactos a los que somos sometidos.

- ¿Debería criticar las mil y una atrocidades que suceden a cada segundo? ¿Hablar sobre políticos que estafan o que solo desean hacerse ver como estrellas de cine, o peleándose e insultándose sin ofrecer nada productivo a la sociedad?

Las noticias del mundo nos ofrecen series continuas de tanques, misiles, muertos, decapitaciones, bombas, hambre, niños con fusiles, estragos.

- ¿Y qué se puede seguir diciendo ante todo ello?

No hay palabras humanas que puedan justificarlo y parece que, por mucho intento de concienciación, no llega a haber tampoco palabras que puedan sanarlo.

Ante ello, SILENCIO. Dicen los sabios que dónde se pone la intención y la energía, se mantiene y se perpetúa, y a lo que no se le pone ese ímpetu, termina por desaparecer.

Digamos entonces lo mínimo imprescindible, eliminemos la retórica sin sentido, mantengamos al máximo la quietud, enseñemos a los niños a hacer lo mimo y esta sociedad podrá cambiar radicalmente en una generación. Sigamos sin embargo educándolos en el ruido y en la vorágine y no saldremos de ésta en la vida, por muchos siglos que vengan por delante.

Esta es mi última columna y así me despido, en SILENCIO…

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