Alberto Núñez Seoane

La infancia de los políticos

Tierra de nadie

24 de julio 2023 - 05:15

Es, cuando menos confuso, escribir hoy, Domingo, sobre algo que está siendo, pero aún no ha terminado de ocurrir, para que mañana, Lunes, que aún no ha llegado, pero cuando lo haga ya todo habrá acontecido, mientras alguien, que esté teniendo a bien leer estas líneas, lo haga para conocer mi opinión sobre lo que estaba escribiendo ayer, Domingo, cuándo todavía nada estaba decidido, con la intención de saber qué es lo que suponía ayer, Domingo, y que iba a constatar hoy, Lunes. Pero así es: he de escribir ahora sobre una circunstancia, aunque más que una, puedan ser dos muy diferentes. Contemplar los dos supuestos, acarrearía escribir dos artículos: uno, para un caso, otro para la opción alternativa; pero no lo voy a hacer, no quiero situarme en dos escenarios, tan divergentes entre sí como para no hacerme sentir cómodo ni honesto, escribiendo desde la posibilidad de cada uno de ellos.

Creo que nadie sabe en que momento los niños dejan de serlo. Cuándo la inocencia, la limpia alegría, la espontaneidad ajena a compromiso y circunstancia alguna, la sonrisa “grande”, la mirada clara … la lágrima honesta, la intención inocente … la esperanza siempre presente y la ilusión jamás ausente; dan paso a la lejanía, en corto o en largo -según la actitud que cada quien para sí decida, pues es por voluntad propia que cada cual adopta una u otra para lo que le reste de vida-, de cada una de estas tiernas, deseables y tan necesarias, como luego ausentes, condiciones. No es un “momento”… es la paulatina “introducción” al mundo de los adultos, cuando en viceversa debiera ser la transición. Algo que “hacemos” bien: los niños, lo echamos a perder … Los conducimos a una “madurez” ilusoria, arrebatándoles lo que nosotros ya perdimos y no vamos a ser capaces de recuperar: ¡escuece!

De modo parecido sucede con los políticos -y me refiero a los políticos de casta, algunos ha de haber, no a oportunistas, advenedizos, trepas o delincuentes, que utilizan la política para conseguir sus espurios objetivos- ¿En qué momento pierden la nobleza que el desempeño de la función pública exige?, ¿cuándo comienzan a alejarse de la generosidad a la que, de modo voluntario, han optado?, ¿a partir de qué instante anteponen su posición al bienestar de los que gobiernan? Con seguridad, tampoco se trata de un “instante”, si no de la lenta, pero imparable, transición desde lo que se debe hacer, hasta lo que interesa hacer. La humana condición prevalece sobre lo humilde y leal. La debilidad de los principios que debieran sustentar actitudes ejemplares, determina la dejadez en persistir hasta lograr lo prometido, condiciona la ruptura con lo honesto y coherente.

Hoy lunes, aunque desde el Domingo escriba y sus fisonomías por tanto ignore, llegarán caras nuevas y marcharán otras, arrugadas, demacradas por la falsedad y la mentira. Los que queremos seguir obligándonos a la esperanza, intentaremos encontrar argumentos que amparen nuestros deseos, sin saber por cuánto tiempo podremos mantener vivo este anhelo, queriendo pensar que pueden cambiar los que hacen que las cosas sean como no debieran, pero son. El círculo ha de dejar de ser vicioso, quebrar la rutina de lo deshonesto ha de ser obligado, recuperar mejoras que son posibles tiene que ser necesidad, la espiral debe tornarse virtuosa. Las palabras sólo vacían promesas de conveniencia, nada, que el viento no se pueda llevar, se construye sobre ellas.

Si queremos que las cosas cambien, tenemos que cambiar nosotros. Repitiendo lo ya hecho, no vamos a conseguir nada que sea distinto a lo que hasta ahora hemos tenido.

Pedirles no les debemos pedir nada a quien nos gobierne, hay que exigirles: es nuestro derecho hacerlo, es su obligación cumplirlo. Reclamar perseverancia en sus programas electorales, requerir honradez con los ciudadanos, demandar dignidad en sus actos, exigir compromiso con sus obligaciones. La llamada “cosa pública” se ha desvirtuado hasta lo insufrible, la laxitud de la conciencia social lo consiente, y lo hace cuando las gentes permiten ser administradas por quien demuestra, de modo fehaciente, ser incapaz o no merecer hacerlo. Todo se confunde, y no: “el agua clara y el chocolate espeso”; todo se perdona, y tampoco: “dime con quien andas y te diré quién eres”, porque “perdonando demasiado al que yerra, se comete injusticia con el que no yerra”; todo se olvida, y en absoluto: “Ya te lo decía yo. Era imposible el olvido. Fuimos verdad, Y quedó”, escribió Jorge Guillén.

No dejemos de ser personas, no nos desfiguremos en las masas sometidas, no renunciemos, jamás, a la libertad que nos hace ser. Lo global es una amenaza al individuo. Sin renunciar a la comunión general en la ciencia o la técnica, que puede contribuir al progreso común; mantener, a toda costa, el sujeto como entidad pensante, decisoria, libre, y por tanto responsable, de sus ideas y de sus actos, es el único camino para no desaparecer engullidos por un “modus operandi” que sólo busca alcanzar esa meta.

Voy a votar, en este Domingo escrito para Lunes. Lo hago mientras le doy vueltas a este último apunte: convocar elecciones generales, prerrogativa del presidente del Gobierno, un domingo de un “puente” festivo, en pleno mes de Julio, con media España de vacaciones, un cuarto sin poder votar por correo, y la mitad del que queda con problemas para desplazarse a sus colegios electorales, sólo se hace si lo que se busca es la abstención masiva. Claman siempre, sobre todos los que por progresistas se tienen, por la participación, por el voto del ciudadano: ¡“las elecciones son la fiesta de la democracia”!, dicen a voz en grito; sin embargo, vemos y comprobamos como han dejado tan lejos aquellos niños que algún día fueron, que los adultos en los que se han convertido no son más que progresistas de medio pelo y farsantes de pelo entero. Habría que solicitar, con una ley orgánica, el ingreso en guarderías de ocho de cada diez políticos, adultos sí, pero arrugados por tanta falsa sonrisa, y propietarios de “madurez” incipiente e inmadura

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