Tierra de nadie

Alberto Núñez Seoane

'El ruido y la furia'

Es, éste que utilizo, el título de una de las grandes novelas del escritor estadounidense William Faulkner -obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1949-, aunque hemos de decir que tampoco fue de su cosecha propia, lo debió ver mientras leía la tragedia de 'Macbeth', obra de otro William, apellidado Shakespeare, que no obtuvo ningún Premio Nobel … sin duda porque no había nacido aún el fundador de estos prestigiosos galardones, Alfred Nobel -el primero se otorgó en el año 1901-, cuándo el genial escritor inglés, nacido en Abril de 1564 y fallecido en Abril de 1616, se dedicó a dejarnos las maravillas que su ingenio creó.

Disculpen esta, puede que algo extensa, introducción; me gusta, cuando es factible, ubicar determinada información y recordar, o tal vez sugerir, los 'porqués' que la traen a colación.

Dicho esto, les cuento que el título en cuestión, 'El ruido y la furia', me pareció adecuado para intentar resumir dos de los factores que, a mi parecer, califican una de las más recientes, más ruines y más degradantes bajezas que demasiados de los políticos que nos desgobiernan, para bien 'gobernar' sus haciendas, han cometido con el grueso de la sociedad a la que han jurado o prometido -igual da, porque en ambos casos se pasan su 'firme compromiso' por el arco de su obsceno triunfo, ya esté este coronado por la femenina concavidad que lo puede determinar o, gracias a ciertos 'apéndices' que lo califican, que podríamos entender como 'convexo'- servir y que les paga muy generosamente por ello. Me refiero al lamentable, muy penoso, del todo desolador y absolutamente inaceptable 'asunto' -vamos a llamarlo así- de las mascarillas; aquellos humildes trozos de tela que todos buscábamos, yendo de un lado a otro, y a otros muchos después, para terminar por no encontrarlas -porque no las había-, entre desconcertados por la incertidumbre, sorprendidos por lo inhabitual y, por lo desconocido, algo asustados; se trataba de proteger a los que se quería, y a uno mismo también, claro.

Los recuerdos de los humanos se me antojan, en cierto aspecto, como líquidos: se pueden tocar, pero no agarrar; “pesan”, cuándo están, pero se escurren, de la memoria, los unos, o entre los dedos, los otros, cuándo querríamos que permaneciesen; pretendemos contenerlos, pero ambos se resisten a la solidez de la firmeza, a lo tangible, a lo “capturable …”. Olvidamos, demasiadas veces, demasiado pronto; otras, sin embargo, recordamos lo inútil, lo que, sin aportar nada bueno, nos hace daño, lo que llama a la pena.

No sabíamos lo que estaba pasando; ignorábamos el alcance que la maldita enfermedad podría llegar a alcanzar; no sabíamos el tiempo que íbamos a estar como estábamos: aislados, preocupados, enfermos, asustados, viendo y sintiendo personas morir, espantados …; no había remedio eficaz, la vacuna no llegaba …, las semanas pasaban de prisa, pero muy despacio también, los meses, corriendo se iban, pero la falta de esperanza los detenía … también. Y en medio de todo lo que aquello llegó a significar, recordemos, y ¡por favor!, no olvidemos, que para muchas personas: madres, hijos, abuelos, padres, familiares, compañeros, amantes o amigos, lo que significó fue el fin de todo lo que para los que les querían fue, ya no están con nosotros … murieron, demasiados sin tener por qué haber muerto, con que hubiese sido uno sólo, habría sido demasiado, pero no fue uno … sólo, fueron … demasiados; y -decía- en medio de todo aquello que entonces fue, nos vamos enterando, ahora, de lo que demasiados -con que hubiera sido uno sólo habría sido demasiado, pero no fue uno sólo, fueron … 'demasiados muchos'- desalmados estuvieron empeñados en hacer: robar -agarrar como lo hicieron es peor que robar- dinero de la desgracia, el sufrimiento y la desesperación. Muchos, demasiados, de los que están en la 'cosa pública', esos políticos que se mofan, destrozan y pareciera hasta que se cagasen en lo que la política es, también se burlan, deprecian y hasta parece que cagaran -disculpen la vulgaridad- en todos nosotros, los que no pertenecemos a esa, cada vez más despreciable, casta.

Cualquiera que lo hubiese hecho, lucrarse con la desgracia ajena, hubiese hecho mal; pero, si quien lo hace lo comete con dinero público -ese que es de todos, aunque según la lumbrera “socialista” Carmen Calvo, “no es de nadie”-, es mucho peor, y el castigo no debiera ser otro que el patíbulo -político, por supuesto, pero, eso sí, definitivo-.

'Ruido', el que se engendra bajo los cascos de los caballos que montan aquellos que se ríen de las miserias de los que sufren sin ser miserables; 'furia', la que sienten, sentimos, los que, sin ser miserables, padecemos las miserias que provocan los jinetes miserables.

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