Tierra de Nadie

Alberto Núñez Seoane

Un lugar en ninguna parte

Entre las muchas posibilidades; desconocidas algunas, otras olvidadas, ignoradas estas, o desperdiciadas aquellas; para adaptar nuestras vidas a lo que querríamos que fuesen, los humanos contamos con una, tan especial, que no hay magia que pueda igualarla: la fantasía.

No deja de ser, la ilusión, una invitación a la imaginación para que ocupe el lugar que le está correspondiendo a una realidad que nos desconsuela. Con eso y con todo, la capacidad que posee para condicionar nuestras vidas no sólo no es despreciable, es que es muy capaz de darles por completo la vuelta. Puede que la ganancia arriende, o puede que la distorsión sea tal, que el resultado se instale en un descontrolado desastre… no lo sabremos hasta que lo intentemos. Todas las opciones, y sobre todas las que se salen fuera de lo que las masas consideran “lo normal”, conllevan un riesgo; asumirlo es aceptar, a priori, cualquiera de los resultados a los que nos pueden conducir.

Antes, mejor dicho: además, de la opción protagonista de estas letras, tenemos otras muchas herramientas, casi siempre suficientes si las sabemos emplear a tiempo y como es debido, para conseguir que la propia opinión sobre nuestro paso por este valle de luces y sombras sea, por lo menos, aceptable; pero no voy a escribir hoy sobre ellas, todos ustedes las conocen. Hoy quiero pensar en lo que hacemos cuando, a pesar de haber aprovechado muchas de esas posibilidades que la vida pone a nuestro alcance, lo hemos hecho mal, o tarde, o tarde y también mal; porque es entonces cuando podemos recurrir a la fantasía. No tiene porque no ser una opción válida… ¿por qué?, dependerá de la consistencia que le demos a nuestra imaginación. Lo imaginario está, a veces, tan cerca de lo real, que no nos es posible diferenciar lo uno de lo otro con rotundidad. Y no me refiero a episodios enfermizos ni a circunstancias patológicas de ningún tipo; hablo de lo poco real que en ocasiones la realidad es y de lo muy tangible que es lo que, muchas veces, se nos quiere parecer “irreal”.

Lo fantástico es un mundo cuyas potencialidades no conocen límite, no lo conocen porque no lo tienen. Lo puede poner todo a nuestro alcance, aunque también nos lo puede quitar todo. La diferencia entre un camino y el opuesto, sólo consiste en que seamos nosotros quien usemos de ella, o sea ella la que se apodere de nosotros. A veces, la diferencia entre ambas opciones es tan sutil que no acertamos a distinguirla.La imaginación nos lleva hasta la ilusión, motor de vida. “Vivir” lo que guardamos en la mente nos iguala al más poderoso de los hombres poderosos. En el universo en el que dos y dos pueden ser cuatro… o no, nos hacemos dueños de un destino que en este otro mundo se nos resiste.

Arriesgar es imprescindible, nada que valga realmente la pena se consigue sin esfuerzo. Garantías no las hay, sería entonces demasiado fácil. Regresar no se puede, no hay vuelta atrás posible: desandar el camino, cuando el que hemos decidido tomar es el que nos puede llevar hasta “Fantasía”, sería dejar caer nuestros días como gotas de agua en la mar… para tratar de recuperarlas después. Quien, por cobardía, desconfianza o falta de voluntad, se abandona al retorno, firma su condena… de muerte en lo imaginario. Al volver, no podría ser quien un día se fue, encontraría su cuerpo habitado por un alma perdida, sin patrón ni destino, sin entidad ni raíz: tendría que buscar en el océano, al que los arrojó, sus días, para entonces perdidos.

Lo fantástico nos permite evitar la realidad sucia. Nos concede alcanzar lo que, de otro modo, se nos resiste. Es cosa de medir nuestras ganas de internarnos y movernos en una dimensión para la que estamos capacitados, pero no siempre preparados.Si el deseo de establecernos en la fantasía tiene la fuerza suficiente y la sensatez de saber medirlo la llevamos, siempre, con nosotros, lograremos retos imposibles, porque dispondremos de facultades insospechadas.

Ahora bien, si confundimos el modo de vivir lo imaginario con el que nos exigen los condicionantes de esa realidad que pretendemos aislar, el fracaso estará servido. En lugar de gozar de un paraíso escondido, nos instalaremos en un lugar situado en ninguna parte, que no nos obsequiará con nada de lo que habíamos venido a pedirle.

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